Viaje y Sentires

José Luis Llugain:

Durmiendo con el enemigo

Para quienes no habitan en zonas sísmicas, la idea de ser sorprendido por algún movimiento telúrico (por más pequeño que sea) causa un gran temor. Incluso hay quienes expresan que jamás residirían en una región con esas características aunque fuera muy interesante la oferta para emigrar hasta allí. Nada de eso acontece, en cambio, con aquellas personas que desde siempre coexisten con los impredecibles sismos. Los perciben como algo normal y están acostumbrados a coexistir con ese riesgo. No hallan razón para cambiar su estilo de vida; a lo sumo, ellos están preparados para reaccionar en el caso que sobrevenga algún siniestro (ej: dónde colocarse si se está en la propia casa, qué salida tomar si se está dentro de un edificio, etc.). A modo de ejemplo, tomo el del boxeador que está expuesto a recibir golpes de diversa entidad en sus periódicos combates. Quizás se queje (y hasta se asuste) la primera vez que le golpeen; pero ya luego el asunto dejará de ser novedoso para él y lo tomará con mayor calma en las próximas instancias. Recibir golpes es parte de su vida y lo acepta estoicamente. Estando radicado en la ciudad de México, yo tuve varias experiencias en esta materia, por suerte fueron mínimas pero no las olvido. En una oportunidad, encontrándome en mi lugar de trabajo el suelo se puso a temblar de manera notoria, por lo que opté por salir rápidamente de la oficina e irme a caminar hasta una playa de estacionamiento cercana de modo de evitar una eventual caída de un edificio sobre mí y, en especial, superar el vértigo que me acompaña desde la cuna. Otra vez, estando al volante de mi automóvil comenzó a temblar; yo no me había percatado del suceso hasta que observé el chisporroteo multicolor de los cables aéreos de energía eléctrica chocando entre sí como consecuencia del temblor. Un bello espectáculo de disfrutar, por más que no fuera grata la causa que lo había generado. Muchas veces a la mañana los cuadros colgados en la pared de mi casa aparecían torcidos como consecuencia de algún pequeño temblor ocurrido durante la noche. Simplemente los enderezaba y asunto concluido. Otras veces, estando en reuniones sociales, las lámparas colgantes comenzaban a balancearse a lo que le gente simplemente atinaba a expresar «está temblando» y seguía en sus amenas conversaciones como si nada estuviera ocurriendo. Por lo visto, es sólo una mera cuestión de acostumbrarse a convivir con el riesgo. Me recuerda al título del film «Durmiendo con el enemigo». No sé si es bueno o malo, pero así es cómo lo vive la gente que reside en esas zonas. En Chile, otro país expuesto a los sismos, la gente para alardear dice: «yo no les tengo miedo a los terremotos», y la consabida respuesta es: «yo tampoco, pero si les tengo miedo a los objetos o edificios que pueden caer sobre mi cabeza cuando ocurre uno». Estimado lector, ¿usted se acostumbraría?

El muro del absurdo

¡Qué difícil es no caer en las frases obvias cuando uno recorre Berlín! Que la lucha de un pueblo por su libertad, que no hay muro que doblegue la voluntad de la gente, que no hay mal que dure cien años, etc., etc. Entonces, ¿cómo plantarme yo ante este papel y no repetir lo que ya han dicho otros y seguramente de una mejor manera y mayor profundidad? Tal vez lo mejor sea simplemente relatar lo que hice estando en esa linda ciudad. La medida tomada fue no contratar ninguna excursión, la cual, a la postre, resultó ser una decisión acertada. Mapa en mano me dispuse a recorrer la ciudad sin un itinerario preciso zigzagueando entre sus grandes atracciones, que son muchas y muy interesantes. En ese recorrido de dos días pude constatar dos aspectos diferentes. El primero es que la ciudad es una sola y que no se percibe un daño urbanístico importante generado por la existencia del muro; es decir, no hay una gran diferencia entre las dos partes en que la ciudad estuvo dividida durante casi cinco décadas. El segundo es que reiteradamente nos cruzamos con vestigios del muro, ya sea por algunos restos de pared o bien por marcas en el suelo donde estuvo y hoy apenas son huellas. Probablemente todavía sea muy doloroso ver esos vestigios para los berlineses que padecieron la división de la ciudad; en cambio, para los turistas preferentemente es un motivo de alegría constatar la desaparición de ese muro del absurdo. Es en ese momento cuando afloran espontáneamente las más diversas expresiones relativas a la libertad, a la tolerancia, a la no violencia y, en especial, a la esperanza por un mundo mucho más sano y grato que el presente. La tolerancia entre las personas es la condición mínima necesaria para una convivencia en paz. No sabemos cuánto más sufrimiento habrá en el mundo antes de que toda la Humanidad lo asuma. Todavía quedan muchos muros por derrumbar. En Berlín ya se derribó el más famoso de todos.

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