Viajes y Sentir

José Luis Llugain

Deteniendo al viento

Evaluando diferentes opciones para vacacionar en una playa europea, nos inclinamos por las Islas Canarias y, dentro de estas, por la Gran Canaria donde, en su lado sur, se encuentran las mejores playas del archipiélago. Al llegar, lo que más nos llamó la atención fue que en la playa, en torno a las sombrillas y reposeras de alquiler dispuestas en forma de damero, se avistaban postes de dos metros de altura separados entre sí a unos tres metros de distancia conformando el perímetro del área de sombrillas. La interrogante sobre la finalidad que cumplían dichos postes pudimos evacuarla apenas llegó el viento. Ni bien éste comenzó a soplar, los encargados de alquilar las sombrillas subieron lonas sostenidas en los postes para –cual empalizada- enfrentar la fuerza del viento. Era un viento muy fuerte impulsando una arena tan gruesa como liviana que obliga a turistas y trabajadores a protegerse de tal inclemencia. Empero, la «descarga de munición fina» del viento no perdona a nadie por más que se busque un buen reparo. Nosotros, que no habíamos alquilado sombrilla, procuramos protegernos detrás de unas rocas cercanas, pero todo el esfuerzo resultó en vano. La única opción fue retirarnos de la playa con la consigna de no regresar más. Nos sentíamos expulsados de ese lugar tan atractivo a la vista. Una experiencia muy desagradable, amén de inesperada. ¡Qué decepción! Algún tiempo después, fuimos a Roquetas de Mar, una playa cercana a la ciudad de Almería. Habiendo avistado un escenario similar al anterior (los postes rodeando las sombrillas), optamos por ocupar un lugar dentro del perímetro en la esperanza de no padecer al viento cuando éste arreciera tal como nos había ocurrido la vez anterior. Pero –una vez más- todo fue en vano: la munición fina de arena impulsada por el viento nos agredía tal como si no existiera la empalizada de lonas. Una nueva decepción. Esta situación explica que en estos lugares los turistas opten por permanecer en los hoteles sin pisar jamás la playa. Pero, para quien ama la playa, esa decisión resulta una verdadera frustración por no poder disfrutar de las múltiples sensaciones del contacto directo con la Naturaleza. Un consejo al viajero: si ve una playa con empalizada, mejor que ni baje a ella.

Un trol en nuestro interior

Todos los países tienen sus propias leyendas, que los caracterizan y les dan una identidad inigualable en relación a los demás. En el caso de Noruega, las leyendas tienen como protagonistas fundamentales a los trols, pequeños duendes de hábitos nocturnos que habitan en los bosques. En todos los cuentos infantiles su presencia en infaltable, lo que denota el fuerte arraigo popular de esta leyenda. ¿Por qué estos duendes son de hábitos nocturnos? Porque si fueran iluminados por los rayos del sol quedarían inmediatamente petrificados. A todo lo largo del país, especialmente en las riberas de los innumerables ríos que lo serpentean, se pueden observar pequeñas esculturas de trols hechas con piedras y cantos rodados construidas de manera casera tanto por locales, como también por visitantes en homenaje a tan agradables personajes de la cultura popular noruega. Tomándome una foto junto a estas pequeñas figuras en piedra, me vino a la memoria algunos momentos de mi vida en los que he quedado como petrificado por alguna circunstancia inesperada o indeseada. No creo ser la única persona a que le haya ocurrido algo similar. A veces una frase o palabra fuera de lugar, una declaración amorosa realizada o recibida, una falsa acusación, el sorpresivo encuentro con alguien que considerábamos muerto, nos ha ya sonrojado, ya enmudecido, ya embargado de sorpresa, pero en todos los casos hemos quedado «duros como piedra». Todos los humanos llevamos un trol en nuestro interior. Al igual que a ellos, estamos expuestos a quedar petrificados ante una situación sorpresiva. ¡Cuidémonos!

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