Gora San Fermín

Viajes y Sentires

José Luis Llugai

Pamplona bien merece el título de «la meca de las corridas de toros». Es internacionalmente conocida por la fiesta de San Fermín, patrono de la ciudad, cuando en torno al día 7 de julio de cada año se realizan los encierros y posteriores corridas de toros. En horas de la mañana de cada una de esas jornadas, los toros que protagonizarán la corrida en horario vespertino, recorren por dentro de la ciudad el «encierro»: una senda de ochocientos metros desde el sitio donde están alojados hasta el coso. En esos encierros participa una gran cantidad de personas que, vestidas de blanco y con un pañuelo rojo, corren junto a los toros siendo frecuente que varios de ellos sufran heridas de diversa gravedad por los golpes y cornadas que los desorientados animales les propinan. Sintiendo yo una irracional pasión por los toros, cuando tuve la oportunidad de visitar Pamplona en un mes de agosto, no dudé en recorrer un tramo del encierro gritando a voz en cuello «Gora San Fermín» (Viva San Fermín). Sabía que todo era una fantasía, que nada tenía que ver con la realidad ocurrida un mes antes de mi viaje, pero el placer era el mismo. Algunos años antes había tenido la oportunidad de entrar a la plaza de toros «Real de San Carlos» en Colonia (Uruguay) y algunos años después hice lo propio en Ronda (España). En cada caso me sentí un eximio torero lidiando con bravos toros y ante un público extasiado con mi labor. Todo parece muy tonto y alocado, pero es lo que sentí y no tengo reparos en manifestarlo. Me consta que hablar de corridas de toros en estos tiempos está mal visto. Estamos viviendo una época donde todo está sujeto a revisión y cuestionamiento (valores, vocabulario, costumbres, etc.) con una actitud típicamente fundamentalista aunque esté revestida de progresista. No sé cómo ni cuándo culminará este período de aguas turbulentas donde lo «políticamente correcto» es ser «inclusivo» de todo, impulsor de cualquier «diversidad», defensor a ultranza de «derechos» en menoscabo de las correspondientes «obligaciones», ensalzador de las minorías de todo tipo, etc., etc…. Hoy en día se combate de manera sistemática las prácticas culturales de los siglos anteriores que –justo es reconocer-, por el solo hecho de ser «antiguas», no son necesariamente malas. Así ocurre con las corridas de toros, observándose que cada vez es menor el número de lugares donde aún se realizan, debido a que existe una fuerte corriente de opinión contraria al maltrato padecido por los toros durante las corridas. Casi todas las otras fiestas donde participan animales (y con apuestas muchas de ellas) también se encuentran en entredicho: domas, carreras y raids de caballos, peleas de perros y de gallos, pesca y caza deportiva, etc., etc. Se podría concluir que nada de lo que se hizo hasta ahora es correcto, que el pasado es simplemente un cúmulo de errores. Esta aseveración no es fácil de aceptar ni de asumir dada la rigidez con que se formula, en particular para quienes coexistimos la mayor parte de nuestra vida con costumbres vividas y disfrutadas con total placer y normalidad y sin la menor duda sobre su validez ética o moral. Asimismo, también se puede convenir que esa corriente de opinión es solo una moda circunstancial, la cual seguramente será reemplazada por una nueva en cualquier momento. Aspiramos a que dentro de no mucho tiempo las aguas retomen su cauce normal y que, agotada la vorágine actual de la inclusividad a cualquier precio, accedamos a un ambiente de tolerancia en la sociedad en todas las áreas que posibilite una sana coexistencia en paz.

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