Daiana Castañares: Venganza sublime

Por tercera vez ponía la «película de las hormiguitas» en Netflix ese día. No hubiera sido grave si no fuera por el hecho de que la cuarentena ya había empezado a hacer estragos en mí. Entre el estrés del encierro y la avalancha de juguetes que se desplegaba día tras día desde el baúl hacia el resto de la casa, creía enloquecer. Cuando le di play cerré los ojos, y la melodía empezó a bailotear en mi mente una vez más. Las ideas asesinas comenzaron entonces a invadir los rincones vacíos de mi escasa cordura. -¡Ahí está la hormiguita!- gritó mi hijita de tres años llena de emoción. Quería llorar. Había millones de cosas peores en la vida, pero mi razón ya venía rayando los bordes de la locura. Iba a estallar. Me dirigí sin preámbulos hasta el patio, y con firme convicción busqué una víctima. La vi, cargando su gran hojita, frágil, y sin culpa alguna, le pegué un pisotón a la pobre hormiga. No tenía la culpa, pero era eso o tirar la tele por la ventana. La segunda opción iba a salir más cara.

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