El síndrome de Maracaná

En 1950 los uruguayos tuvimos una mutación en el genoma nacional.

La reiteración del gol que enmudeció Maracaná, lo que bien muestra la vieja cinta fílmica de aquel hecho icónco, nos dejó una herencia que convenció a todos los uruguayos, de que nada nos puede.

Cuando el gobierno de Luis Lacalle actuó con celeridad, en los primeros días de marzo, contra el avance incontenible de un virus que aún no tiene cura, a vuelta de correo llegaron los elogios del mundo, y eso bastó para que se nos despertara el gen recesivo de Maracaná.

Parece que la inclusión del mandatario entre los 50 referentes mundiales, en vez de un efecto solo gratificante, fue la proteína que precisábamos para despertar la tara genética.

Mientras un bloque de la oposición tomó a la desodediencia sanitaria como parte de una vaciada agenda revolucionaria, la inclusión de Lacalle en el elogiado ranking hizo que algunos partidarios de la coalición se lo tomaran como el logro de la copa del ´50.

Un tuit que puse anoche en la red dando cuenta de que un reconocido médico estaba internado grave, en el CTI de la mutualista donde era jefe de un servicio, sublevó a tirios y troyanos y generó cientos de respuestas.

Una versión charrúa de la grieta.

Algunas respuestas fueron tan absurdas como culpar de la grave situación del profesional «a los médicos que no se cuidan», sin advertir que el personal médico pasa sus días entre infectados de todas las patologías.

Eso contestó una médico a una mujer de la red, y ésta -en su necedad- le dijo que seguramente ella contestaba así porque «no era médica del Uruguay», generando con ello un grotesco hilo de respuestas en los que no vale la pena recalar.

Algunos otros, en defensa de la ideología promotora al ultranza de las libertades, hablan de ideas «conspiranoicas» y de un «negocio» detrás de la pandemia, como si el resto de la medicina no fuera también un negocio y se pagara con plata que nace de los árboles.

Por añadidura, olvidan que las libertades son para los humanos, y no los humanos para las libertades.

Otros, más realistas que el Rey, calificaron el tuit sobre el médico grave en el CTI, como «impertinente», por mencionar sólo el adjetivo más cortés, encontrando intencionalidad política y hasta tufillo de disidencia con el disciplinamiento multicolor.

¡Y eso que era un tuit de gente amiga!

No sé si será el smog, la comida o algo que viene en la bebida que toman, pero los problemas en la comprensión lectora son una patología intelectual que en los últimos años está empeorando en Uruguay.

La pandemia del Covid-19 no es la primera ni será la última que el país padezca.

Ahora viene el debate sobre las vacunas y no faltan ya los que levantaron la voz con que no van a aceptar la obligatoriedad de la vacunación, y -consecuentemente- no se piensan vacunar.

El debate sobre la obligatoriedad de la vacunación no es algo nuevo en el mundo ni en el país, y bien vale la pena recordar el final de aquella familia naturista que se opuso en forma militante a que vacunaran a sus numerosos hijos para poder ir a la escuela, y como terminó la historia cuando se les murió el primer hijito del mal contra el que resistían la vacunación.

El síndrome de Maracaná ha operado para convencernos de que los uruguayos ya vencimos a la peste y que «el Negro Jefe», en vez de la pelota, bajo el brazo, se puso al coronavirus para llevárselo en señal de victoria indeleble.

Lo que no se advierte es la fatiga que comienza a ganar espacios en la comunidad médica nacional.

«Difícil cubrir guardias; tuve que interrumpir licencias. En este momento estoy muy desanimada… como no me había pasado nunca», me comentó una reconocida clínica por mensaje directo.

Y cerró su mensaje con algo grave para los pacientes: «ya no tengo ganas de sonreir».

El síndrome de Maracaná no nos hace guardar la distancia santaria adecuada, nos volvió descuidados y petulantes con eso de creer que esto se terminó aquí.

Se vienen las Fiestas, pero luego será la playa, las clases, el trabajo, y es muy difícil lograr una solución ecuánime que a todos convenza, si no recuperamos el sentido común.

¿Si el FA alentó las aglomeraciones y el PIT puso cuanta gente pudo para que se contagiara?

Bien, vamos a olvidarlo por un rato y quedémosnos con la nueva postura de control de las aglomeraciones, que esperemos contribuya al éxito en esta guerra.

¿Si los multicolores se pusieron la camiseta del ´50, la del «como-Uruguay-no-hay», y bajaron la guardia en el control de la peste?

Bien, vamos a olvidar por un rato el exitismo, apretar los dientes y volver a la trinchera, que esta guerra sigue.

Nunca como ahora necesitamos tanto de la unanimidad.

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