ANTONIO LISSIO: Junio ¡qué mes para el amor y los santos!

Los dos habrán de pagármelos; los dos se han portado como cochinos, San Antonio y el Juan. Este último por haberme confiado mi amor por Mabel y cortejarla, aprovechando mi ausencia. El primero, San Antonio, porque aquel trece de junio temblaba de fiebre y gripe, todo a causa de andar acarreando gomas de zapatos viejos y palos para las luminarias y fogatas que en su honor íbamos a encender no bien llegase la noche. Cuando aclaraba luego de los temporales, esos que su pampero y su chubasco duran una semana, me encontraban por los campos en procura de hongos y esponjas. Los hongos, aquellos blancos por arriba y panza rosada, a la sartén con perejil y ajo. Las esponjas, aquellas pelotas redondas que quebrábamos a patadas, ahora, antes de este junio poblado de santos, eran tesoros a secar, para luego, con la ayuda de algo de keroseno robado del farol a mecha, se harían luminarias atadas a una tacuara. Por los días trece, los más chicos de aquella nuestra calle gritábamos «¡Viva San Antonio!» enarbolando la caña. «¡Viva San Juan!», diez días más tarde, cuando la fogata del veintitrés hacia día nuestra calle. Y los veintinueve, cuando había que aprovechar bien, prendiendo todo, pues por un año no habría más santos: «¡Viva San Pablo y San Pedro y las que cuelgan del perro negro!», para rimar, nomás. (Ya ven pues que, por aquel entonces, ya hilvanábamos algún verso). Pero volvamos al trece, mis treinta y tantos de fiebre no bajaban debajo del brazo y yo, desde la ventana, habría de ver a mi examigo Juan, pavonearse tras Mabel, haciendo cualquier pirueta y pavada que llamase la atención, y así birlármela. Un mal amigo a quien había dicho que no podía ni dormir sin antes soñar con ella. Junio dieciséis y la fiebre me abandonaron juntos. Desde aquel día al veintitrés, todo pasó con supremos cuidados. Si en ello no estaba en juego mi vida, estaba Mabel que, por aquellos tiempos, eran igual de importante; tenían que ir juntas, una sin la otra eran lo mismo que nada. Volaban rumbo al cielo las chispas y el humo de la fogata, Mabel teñida de rojo fuego, danzaba a su alrededor. Ni las gitanas del cine podían igualarla; su cintura era un hilo uniendo dos partes de un cuerpo que ondulaba para uno y otro lado, por entre las llamas. Creí enloquecer de amor y deseo, los primeros. Aquel hombre niño volviose locuaz, atrevido. Juntos dejamos atrás aquellas fogatas y nos hundimos en la oscuridad, porque parece que amar no necesita testigos ni luz. Pasaron como siempre los años, con ellos vi a Mabel perderse rumbo al olvido. También los amigos, fogatas, calle y luminarias de esponja. Se sucedieron años de amor y dolores, vinieron y marcharon años de oscuridad y silencio, también en entrevero inusitado, vi llegar el amor verdadero y a él supe aferrarme. Con el venir de cuatro frutos que me regaló, pude soportar la década más oscura y tenebrosa de estos nuevos tiempos. Dos parece ser un número mágico; si un uno se cae, el otro uno tiende la mano y lo levanta, Así se fueron las décadas y la nieve blanqueó nuestras cabezas hasta llegar al hoy. Hoy, nuevamente veintitrés de junio; ya no hay fogatas ni gritos festejando algo como antes, no sabrían qué ni por qué, pero con poco, como unas luces de esponja, vibraba el alma. Sí, hoy nuevamente un veintitrés de junio, aunque hasta San Juan haya quedado en otros tiempos, me acostaré más temprano, a soñar. Cuando al apagar la luz diga «Hasta mañana» a mi mujer, tendré mucho cuidado de no equivocarme y le diga «Hasta mañana, Mabel».

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