Sergio Pérez D’Auria: El balcón mágico

En Escritores Floridenses de hoy, decidimos colocar dos escritos de Sergio. Esta es nuestra forma de homenajearlo a
tres días de su partida. De igual manera siempre estarás entre nosotros.

Cuando yo era chico como tú, o más chico todavía, porque no iba a la escuela, en mi casa teníamos un balcón. Bueno, en realidad teníamos dos balcones, pero era como si tuviéramos uno solo. Uno era el balcón mágico, el que yo conocía, en el que pasaba gran parte del tiempo, hasta que me dejaron salir a la vereda solo. El otro balcón estaba en la pieza de la abuela, donde les sacaba las medidas a las señoras y les hacía los vestidos con su máquina de coser. Llegaban las señoras y mi abuela cerraba la puerta y no podíamos entrar. Ni tampoco mirar por el agujero de la cerradura. Mi hermano mayor una vez estaba bichando por ese agujero y nuestra madre lo vio y lo puso en penitencia, y enseguida salió a hacer algún mandado. La penitencia era estar acostado, con la luz apagada, aunque entraba la claridad por la puerta abierta. Pero me la ligué yo, que no había hecho nada. Estaba aburrido y me puse a conversar con él, a los pies de la cama, medio arrodillado en el suelo por comodidad y entonces entró nuestro padre que volvía de trabajar. Cuando vio el panorama dijo, muy serio: -¡En penitencia!… ¿qué habrán hecho?- y dirigiéndose a mí, continuó -¿Y vos, por qué no estás en el rincón?- señalándome un rincón oscuro de esa misma pieza y suponiendo, al verme hincado, que había abandonado el rincón, en el que solo había estado antes una vez, porque yo me portaba bien. No hizo caso de mis protestas y me tuve que quedar hincado allí hasta que, a la media hora más o menos, volvió nuestra madre y se aclaró la situación. Bueno…sigo con el balcón En Escritores Floridenses de hoy, decidimos colocar dos escritos de Sergio. Esta es nuestra forma de homenajearlo a tres días de su partida. De igual manera siempre estarás entre nosotros. La Redacción mágico. Era mágico porque estando allí, a toda la gente, por más grandes y altos que fueran, los miraba desde arriba porque yo estaba más alto que ellos. Era una linda forma de ver el mundo. Y todos nos saludaban. Desde allí veíamos pasar las caravanas, como cuando Uruguay ganó en Maracaná, las procesiones, los desfiles de Carnaval… Y en un Carnaval nos compraron caretas. A mí me tocó una que era una cara sonriente que se le veían los dientes grandes. Me la puse, me miré en un espejo y no me conocí. ¡Era otro niño! Entonces, me asomé a mi balcón mágico y esperé que pasara alguien. Vi venir a Valentín, un señor amigo de mis padres y que pasaba todos los días por la vereda de casa. Me escondí y cuando escuché sus pasos que se aproximaban me asomé de golpe y traté de asustarlo con un grito, que no me acuerdo si fue ¡Grrrrrrrr! o ¡Uuuuuhh! El caso fue que no se asustó y dijo, sonriente: -Hola, Sergioy siguió su camino. ¿Cómo fue que me conoció si yo tenía la careta puesta? Creo que fue por culpa de la magia del balcón…

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