Servando Echeverria: UN VIEJO BANCO

(A mis nietos en tiempos de pandemia) Tengo un cuerpo fuerte a base de hierro y madera, los muchos años de vida más el trato que he recibido me han mellado y estoy bastante maltrecho; no importa, sigo existiendo y siendo útil a las personas. Mi función es que la gente se sienta cómoda sobre mis tablas, repose y descanse. Soy un banco, banco de calle de esos que están en las plazas y veredas recostados contra las paredes de las casas. Nosotros los bancos somos una especie en extinción ya que cada vez hay menos gente que se sienta en la vereda a matear, a compartir con los vecinos, aunque nuestra presencia sigue siendo importante en lugares públicos. Estoy envejeciendo, inclinado hacia un costado como todos los viejitos; mis tornillos se han aflojado y cada vez que alguien se sienta encima mío, me balanceo de un lado a otro; pero todavía aguanto y soy seguro. Miro a mis colegas, que algunos hay en el barrio, y como son modernos, de hormigón y pintados con colores vivos, recuerdan mi pasado joven cuando me exhibía orgulloso mostrando mis maderas lustrosas y los hierros brillantes.

En aquella época mi dueño año tras año barnizaba mi madera, ajustaba tornillos y cuidaba que los hierros de los posa brazos se conservaran impecables. Algunas personas gozaban sentarse, otros simplemente acariciaban mi respaldo de rigurosa tabla lustrada y barnizada, y me hacían sentir que estaba vivo, útil e importante. Yo era un banco pero un banco de buena presencia. Hay personas que me cuidan pero otros me castigan; hace pocos días alguien me rezongó y no entendía por qué. – No te das cuenta, me dijo enojado, que estás atravesado en medio de la vereda? – No tengo la culpa, respondí, unos muchachos me patearon y me dejaron donde usted me vé atravesado en la vereda. – Bueno, dale correteafirmó – Pero yo solo no puedo moverme, ayúdeme! Con un vecino, me agarraron cada uno de los posa brazos y pretendían moverme con pocos modales. – Así no, estoy muy viejito y me voy a destartalar, ay! crujían mis maderas, las tuercas se aflojaban y me lastimaban. Nuevamente me volvieron al lugar a un lado de la vereda, contra la pared de la casa, y quedé inclinado hacia un costado. Esto me pasa ahora en mi vejez, antes me respetaban, ahora no, ya no tengo aquella presencia fuerte..

En todos estos años he sido testigo de las más diversas situaciones. He escuchado parejas de novios confesándose amor; otros simplemente sentados descansando; mis dueños por las tardes hacían rueda de mates a mi alrededor; había quienes se acostaban encima mío y dormían una siesta. Los bancos de calle somos orgullosos porque integramos la historia de los barrios, conocemos a todos los vecinos, somos amigos de los niños que juegan y nos saltan encima. Soportamos las temperaturas más frías, las lluvias intensas, en veranos los calores más sofocantes; durante el día servimos para que las personas descansen; la noche es nuestro alivio.

Soy muy sencillo, tengo 3 tablas por asiento, 2 de respaldo y los posa brazos son de hierro. Estoy despintado y miro a mis colegas jóvenes que me llevan mucha ventaja, tienen un diseño moderno, se componen de tablitas afinadas, su respaldo tiene corvatura para apoyar la espalda, son más anchos y más altos, pero sigo allí en alguna vereda atesorando secretos que solo yo conozco y los guardo por la intimidad que me confían quienes encima mío se sientan a descansar y comentan.

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