Norma Hernández: Amistad

Llegó al pueblo ya bastante mayor. Desde muy joven se había marchado del lugar donde nació buscando hacer lo que le gustó toda su vida: cuidar caballos de carrera. También fue jockey. Según él, ganó muy pocas carreras. Cuando vino cuidó algunos caballos, pero duró poco su trabajo y tuvo que hacer de todo para subsistir.
Contaba que era mellizo con otro varón, tan igual a él que sus padres les pusieron el mismo nombre porque no sabían cuál era uno u otro. Francisco Jesús y Jesús Francisco se llevaban muy bien. Jesús Francisco no vivía acá, pero venía seguido a visitarlo, siempre bien vestido de traje y corbata. Según él, era empleado público y tenía el deber de demostrarlo. Esto en la década del 50 del siglo pasado era, para estos pueblos chicos, un detalle importante. Tenían otro hermano que vivía acá, pero los mellizos no lo querían porque era la vergüenza de la familia.
Francisco Jesús, un hombre alegre y respetuoso, por su estilo de vida bohemia, nunca se casó. Fue un excelente consejero, sobre todo con los más jóvenes, aunque su debilidad eran los niños pequeños. Fue amigo leal de los amigos y muy agradecido con quien le daba trabajo o un plato de comida. Tenía un gusto muy especial por el vino. Tomaba en la tarde, después del trabajo. Volvía temprano a la casa, contento o pasado de vino. Jamás se metió en líos; tenía lo que en los boliches llaman “cultura alcohólica”.
Al final logró una pequeña jubilación que era su orgullo. Así fue envejeciendo con la ayuda de quien él llamaba su mejor amigo: el vino. Sus piernas fueron perdiendo fuerza. Caminaba muy despacio con la ayuda de un bastón, así que tenía que ir al boliche cada vez más temprano porque la vuelta por causa de “su amigo” se hacía cada vez más larga. Vivía en un barrio poco poblado. Sus vecinos, todos mayores, estaban por lo menos a una cuadra de su casa y, como para él no había lluvia, viento, calor o frío que le impidiera la cita de la tarde con su mejor amigo, sus vecinos, ocasionalmente, le pedían que volviera temprano.
Una mañana muy temprano llamaron a mi padre. Había pasado algo terrible: Francisco Jesús, como siempre, la tarde anterior, de un día de julio, había salido para el boliche. Cada día sus vecinos al levantarse miraban a su casa y, si veían humo en la chimenea, significaba que él estaba bien. Ese día no hubo humo. Esperaron un rato y fueron algunos por si estaba enfermo. Antes de llegar lo vieron tirado a unos pocos metros de su casa, casi cubierto por la escarcha su cuerpo, endurecido, rígido, respirando débilmente. Corrieron a socorrerlo, llamaron al médico. Les dijo que tenía hipotermia y había que reanimarlo de cualquier manera: bañarlo varias veces con agua caliente, masajear todos los músculos de su cuerpo y tratar de que tomara líquidos calientes, ponerle porrones o ladrillos calientes encima de las frazadas. Todos colaboraron. Calentaron sábanas y frazadas con la plancha de la cocina a leña. Hasta vino caliente se intentó darle.
Nada dio resultado. A media mañana dejó de respirar. Y ahí estaba su cuerpo rodeado por sus verdaderos amigos, rogándole al Creador y lamentando que el que tuvo culto de la amistad no se hubiera dado cuenta de que estaba siendo traicionado por quien creía su mejor amigo.

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