Otra vez en casa, las suturas aún tironeaban, y los pequeños aguijones que sentía en su vientre, le recordaban el vacío que habían dejado en ella.
Aún en bata con un café humeante y el diario por delante, era un domingo como tantos otros. Hasta que sonó el timbre de la puerta. Un desconocido y su nefasto mensaje. La muerte, definitiva, irrefutable, irreparable.
Un desconocido y tres palabras, trayendo un vacío que lo llena todo, que la aplasta y la deja sin reacción, la congela, porque nadie podrá darle una respuesta… porque no existe la pregunta correcta.
Ha caído al vacío muchas veces…tres para ser más precisa.
La primera vez fue aquel timbre, premonición absurda solo al ver el mensajero, aunque no entendiera las palabras que pronunciaba.
Después ya no escuchó a nadie, solo actuó en consecuencia.
La vigilia en silencio, aislada del murmullo en aquel ambiente denso, saturado de olores.
Se había volteado, la última página de aquella vida, sin aviso previo, imprevistamente. Ahora lo esperaba la oscuridad de una noche eterna que no merecía, pero que había llegado prematuramente.
Segunda vez: Ella parecía un gorrión con su ala rota, sin poder escapar del nido. Yacía allí atrapada y exhausta.
Su garganta seca le raspa, hace su voz cascada e incomprensible.
Sus grandes ojos la miran pidiéndole una respuesta, que no tiene. Solo puede sostener su mano fría.
Se fue apagando poco a poco, y en su delirio le pedía: “que no me lleve, no todavía, quiero quedarme. No la quiero a mi lado, que devuelva mis días”.
No pudo ser, era tan liviana… La cargó en un suspiro y quitó su vida.
¿Manotear? ¿Para qué serviría?
Otra vez la impotencia, el vacío, la nada misma.
Tercera vez: Han transcurrido unos meses, y allí se encuentra de nuevo, al borde de una cama, que pronto estará también vacía. Otra vez, la pregunta en esos ojos que la penetran sin reconocerla. Ha regresado en su mente, y no la recuerda, la confunde. Ya no es la madre que la increpa.
Perdida en su desvarío, ella también se niega, no quiere partir, le gusta la vida, quiere vivir y no la dejan.
Así en secuencia, el grupo pequeño en que había crecido, desapareció, se desmoronó, como si hubieran demolido los cimientos, que se esparcieron extinguiéndose a su alrededor.
Ella en el centro de la explosión, sin reacción, devastada. Allí se quedó, porque no había otra opción.
Ante la impotencia definitiva, el abrazo quedará vacío, la caricia en suspenso, solo en la memoria su voz, solo en la imaginación, su mirada.
Cuando llega esa sombra, arrastra a su oscuridad; pero el instinto codificado en los genes, hace prevalecer la pulsión de vida y, entonces, se vuelve a la rutina.
No se ha detenido el mundo para todos, solo para ella.
Su rítmico pulso latió nuevamente, y continuó hilvanando días.
Susana Seoane: Vacíos
