Estamos celebrando un nuevo aniversario de la Declaratoria de la Independencia de la Provincia Oriental, de los poderes extranjeros, y a su vez la anexión a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Pero poco sabemos de los protagonistas de aquel gran día para nuestra Patria. Por eso creemos que merece un recuerdo especial quien fuera elegido para presidir esa trascendente Asamblea instalada en la villa de la Florida. Nos referimos a Juan Francisco Larrobla (Montevideo, 9-I-1775 – Canelones, 5-VII-1842).
Larrobla, sacerdote, Presidente de la Sala de Representantes de la Provincia Oriental que declaró la Independencia y, luego, Senador en la primera legislatura de Uruguay, era hijo de Francisco de Larrobla y de María Rosa Pereyra. En 1793 estudia Gramática y al año siguiente el segundo año de Filosofía; en 1796 y 1797 se lo encuentra en el Real Colegio de San Carlos de Buenos Aires, continuando, luego, sus estudios eclesiásticos en Córdoba, donde concluye la teología hacia 1878. Posteriormente se ordena sacerdote, antes de 1800, año en que aparecen registros de su actuación ministerial en la Iglesia Matriz de Montevideo.
A comienzos de 1807 es nombrado por el Virrey, Capellán de los Voluntarios de Caballería de Montevideo, y en 1808 se desempeñará como teniente del Capellán Mayor, Pbro. Bartolomé Muñoz, en el Batallón de Infantería. Allí estuvo durante los dos sitios de Montevideo; en 1814, cuando Alvear entra victorioso en Montevideo, el Pbro. Larrobla recibe la orden de exilio, la que es suspendida por José Artigas, en noviembre de 1815. La solución habría sido enviarlo como Cura Vicario a San José. Allí permanecerá hasta que en 1819 toma posesión del Curato de Ntra. Sra de Guadalupe (Canelones), donde estará hasta su muerte, ya que si bien poco antes había sido nombrado Cura de Las Piedras, no llegó a asumir este oficio.
De todos modos debemos señalar que desde 1835 la parroquia estuvo a cargo del Vicario, su propio sobrino -futuro segundo Vicario Apostólico del Uruguay, y primer Rector de la Universidad-, el Pbro. Lorenzo Fernández Larrobla. En esta época, el Pbro. Larrobla desarrolló una muy importante actividad pública, primero integrando el Consejo Elector durante la Provincia Cisplatina, siendo, en mayo de 1825, delegado por F. Rivera y J. A. Lavalleja, munido de amplios poderes, para tratar asuntos políticos con el Gral. Carlos Federico Lecor. Posteriormente, en junio, una vez instalado el Gobierno Provisorio, en la villa de San Fernando de la Florida, se convocó a elecciones para integrar la Sala de Representantes de la Provincia Oriental, resultando electo Larrobla como representante de la villa de Guadalupe.
Instalada la Sala el 20 de agosto, fue elegido Presidente, por lo que, el 25 de agosto de 1825, le cupo el honor de realizar la lectura de la Declaratoria de la Independencia uruguaya. Cuando a fines de 1828, la Asamblea General Constituyente y Legislativa del Estado se traslada a Canelones -allí funcionaba la sede del gobierno de la Provincia presidido por Joaquín Suárez- y el 16 de diciembre, el gobierno aprueba el decreto-ley de creación del Pabellón Nacional, será el Pbro. Juan F. Larrobla quien bendecirá la bandera en el templo -ante la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe- y luego la izará ante todo el pueblo reunido en la plaza.
Finalmente, el 18 de julio de 1830, día en que se jura la Constitución del Estado Oriental del Uruguay, él presidirá dicho acto en Canelones, realizado en el templo parroquial. Y en la primera legislatura (1830-1833) del flamante Estado uruguayo será Senador por el Departamento de Canelones, desde noviembre de 1830 a junio de 1833. Si bien nunca descuidó su parroquia, una vez finalizada su actividad pública, intensificó la labor de construcción del nuevo templo parroquial, obra que al momento de su muerte, acaecida en 1842, no vio concluida.
El conocimiento de estas figuras permite acercarnos de otra forma a los orígenes de nuestra Patria y homenajear a aquellos hombres que, como en el caso del Pbro. Larrobla, despojado de cualquier tipo de interés particular, y sin descuidar los deberes propios de su estado -las tareas pastorales-, estuvieron movidos sólo por el bien de la comunidad, lucharon por la causa del pueblo, al que amaron profundamente.
