Escritores Floridenses: Nancy Pombo-«Día de descanso»

Son las ocho de la mañana de un día primaveral. Levanto mi persiana aún adormilada y descubro un bello día soleado con cielo azul celeste sin nubes, se siente el calor. ¡Al fin un día libre!
Tengo que organizarme para disfrutar de este día tan agradable. ¡Sola no voy! Llamo a mi amiga Lucía y le propongo un picnic. Es jueves. Ella trabaja.
El patrón es exigente en el cumplimiento del horario laboral. Responde a mi invitación diciéndome que está agotada y necesita un descanso. Aprovechará para hacerse la “rabona”.
Le comunico que almorzaremos debajo de los puentes del río Maddoc, así aprovechamos el agua dulce para refrescarnos y tomar sol en la playita de arenas blancas.
Acordamos que Lucía se ocupará del postre, dulce de frambuesas, bebida; el resto va a cargo mío.
Tomamos el tren que nos deja en una estación cercana del lugar.
Estábamos muy alegres; cantábamos, reíamos…
—¡Qué cansada y sudorosa estoy! —dijo Lucía.
—Cuando lleguemos nos damos un chapuzón —agregué.
A medida que nos acercábamos, nos invadía una sensación de libertad, de aire fresco perfumado por hierbas silvestres.
Todo era calma, el rumor del agua que corría lentamente y el canto de los pájaros.
—Mm… ¡qué cantidad de pozos —dijo Lucía entrando al agua.
En ese momento cayó atrapada por uno de ellos. La levanté con dificultad. Un esguince de pie. Nos aproximamos con lentitud a nuestro sitio.
Al fin tranquilas, aunque dolorida, igual comenzamos nuestro almuerzo,
De repente vimos unos nubarrones negros que escondían el sol. Unas gotas gruesas cayeron sobre nosotras empapándonos aún más. Pensé en guarecernos debajo de los puentes creyendo estar a salvo de la lluvia.
¡Sorpresa! El río venía creciendo rápidamente. Debíamos alejarnos del peligro. Lucía ya no caminaba por sus propios medios. Subí al puente carretero para tratar de “hacer dedo” e invité al primer automovilista que pasó a detenerse. Solicité ayuda.
¡Qué señor tan amable! Se dirigió al lugar donde se encontraba mi amiga. Con precaución y temor, me ayudó a subirla al coche, aunque estaba toda mojada y temblorosa.
Ella rehusaba su ayuda. ¡Qué tonta! Pensé.
Finalmente sube al vehículo y el señor le dice:
—Señorita, la llevo a la oficina; es día de trabajo.
¿Quién era el señor amable? ¡Su jefe!
¡Qué casualidad! ¿Fue cosa del azar?

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