La ciudad que se nos hunde entre basura: un reclamo que ya no puede esperar

Contenedores rebalsados, rotos y con olores insoportables, sumados a calles sin barrer, convierten el tránsito diario en un recorrido entre desperdicios. Vecinos piden acciones inmediatas para recuperar la higiene urbana mínima.

La escena se repite en barrio tras barrio: contenedores que desbordan hasta formar montículos a su alrededor, tapas arrancadas, ruedas inexistentes y chorros de lixiviados que dibujan un mapa oscuro en el asfalto. A eso se suma la basura dispersa que el viento arrastra y que nadie recoge, dando como resultado una postal que hiere la vista y el olfato. No pedimos una ciudad que huela a rosas, pero sí una que, al menos, pueda considerarse limpia.
Vecinos y comerciantes aseguran que la situación ha llegado a un punto crítico. En algunas zonas, caminar por la vereda implica esquivar bolsas rotas, restos de comida en descomposición y enjambres de insectos que se acumulan alrededor de los contenedores dañados. En otras, el olor penetrante se cuela por ventanas y locales, obligando a convivir con una sensación constante de abandono.
Por otro lado el vertedero que otrora fuese el primero a cielo abierto en cerrarse, ahora es una montaña de basura.
Los equipos municipales, aunque presentes en ciertas áreas, no logran revertir el deterioro generalizado. El barrido es irregular, cuando no inexistente, y la reposición de contenedores parece no acompañar el ritmo de su desgaste. Esto genera un círculo vicioso: contenedores rotos acumulan más basura; más basura atrae animales; los animales esparcen los residuos; la falta de barrido amplifica el desorden. Los ciudadanos ya no saben si denunciar, exigir, reclamar o resignarse.
En muchos barrios, los vecinos comenzaron a organizarse para limpiar lo que el municipio no atiende. Sin embargo, el esfuerzo comunitario no puede reemplazar una política pública sostenida, moderna y eficiente en materia de residuos. La higiene urbana no es un lujo ni un detalle estético: es salud pública, es respeto al espacio común y es un reflejo directo de la gestión.
Cada día que pasa, la ciudad pierde un poco más su dignidad, oculta bajo capas de basura que nadie recoge. Hacer oídos sordos a este reclamo sería ignorar un problema que afecta a todos por igual. Una ciudad limpia no es un sueño imposible: es una responsabilidad que debe asumirse con urgencia.
Redacción de Cambios

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