La tarde de los viernes en mi escuela era la más esperada de la semana. Tanto lo era que hoy al recordarla me emociona y humedece mis ojos, aunque hayan transcurrido tantos años. Cuando miro el reloj y veo marcadas las 14 en punto, en ocasiones un sacudimiento extraño conmueve mi ser.
La de nosotros, niños era idéntica a la espera ansiosa que muchos tienen hoy frente a la pantalla del televisor. Setenta años han pasado; en el país no había televisión y en muchos de nuestros hogares, ni siquiera radio. Pero los viernes a las 14 estábamos nosotros dispuestos a soñar ante los ojos y voz de nuestra maestra Gladys.
Se han ideado mil recursos para mejorar la asistencia a la escuela, pero aquella maestra excepcional había logrado el suyo. Los viernes ningún niño faltaba a la escuela; es que no podían perderse la comedia. ¡Era tal el silencio…! Veinte pares de ojos esperaban con sus corazones palpitantes el nuevo capítulo.
“Cayó la flor al río…
Los temblorosos círculos concéntricos
balancearon los verdes camalotes
y en el silencio del juncal murieron”.
Ya habíamos escrito emocionados en nuestros deberes el comentario del canto anterior. Porque la poesía convertía nuestras tareas domiciliarias en la momentánea salvadora de una tarea estéril. Ya habían pasado los españoles por primera vez el Paraná Guazú, ya habían perecido todos en la hazaña, menos una cautiva que, bajo el tolde de Caracé, había dado vida a Tabaré.
“Siempre llorar la vieron los charrúas.
siempre mirar al cielo”…
Y Gladys, casi llorando, nos leía las palabras de aquel niño de ojos azules:
“Madre, no llores más. Siempre en tus ojos
gotas de llanto veo
que humedecen tus ojos y tus miradas,
tus cantos y tus besos.”
Gracias a esa poesía de Zorrilla de San Martín nos transportó a la historia. Por ella supimos que
“Entre las ramas estaba dormido el viento,
el tigre en el flotante camalote
y en el nido los pájaros pequeños”.
Y el eco de la voz de la maestra nos mostró la muerte, así, naturalmente:
“Si al despertar no me encontraras,
yo te hablaré a lo lejos:
una aurora sin sol vendrá a dejarte
entre los labios mi invisible beso”.
Ningún recuerdo escolar tiene tanta influencia en mí y marcó mi vida por el tiempo de los tiempos. Todos necesitamos aprender y a sentir y para ello no bastan cartillas y lecciones.
Y al siguiente viernes, el milagro de la voz de Gladys, esa magia que dio vida a nuestros corazones, nos mostraba la belleza del recuerdo de la madre ausente transformado en palabras:
“Hoy vive en tu mirada transparente
y en el espacio azul.
Era así como tú la madre mía,
blanca y hermosa… pero no eres tú”.
Y nosotros volvíamos a nuestra casa a desgranar en una blanca hoja la emoción vivida a través de sus ojos y en su voz… Tantas veces los deberes hoy significan carga, pero sin embargo, para nosotros eran la alegría, eran la magia de la clase que se prolongaba por el fin de semana.
¡Qué difícil nos resultó entender el final de nuestra novela! Hubiéramos querido todos no llevarnos la imagen de Tabaré vencido y sobre él, Blanca llorando. Pero aquella maestra excepcional supo trocar nuestra emoción en una clase de Historia y nos hizo entender que a veces la realidad supera nuestra fantasía.
Con Gladys aprendí que la docencia podría ser el más lindo de los oficios y también un acto de amor y de seducción a través de la palabra.
Gracias, Gladys Rodríguez, gracias, maestra. Aquellos que como ella nos cambian la vida para siempre.
Escritores Floridenses: «La comedia de los viernes» – Vicente del Castillo
