La patrona se fue en el charré hasta el pueblo con los gurises de visita a doña Romilda, su madre. Se quedaría hasta el otro día pa’ no andar en el campo por la noche porque la cosa estaba complicada.
Asegún comentarios de vecinos, se habían visto unas luces malas y encontrado animales muertos en la zona sin mucha explicación. Yo en realidad me reía del asunto, pero la seguridad no está de más y la tranquilidad no afecta a nadie.
Ya era de tardecita. Me disponía a carnear un capón, no sin antes abrir una buena cachaza brasilera, regalo de mi compadre Orestes, puestero en la estancia ´e don Giacoya. Hacía algún tiempo que le tenía ganas y estaba a buen resguardo pa’ cuando se presentase la oportunidá. La patrona se había puesto medio delicada pal asunto ´e la bebida; ella decía que cuando me daba por ir al pueblo, siempre venía con algún lío a cuestas y con ganas de peliar, así que estaba medio sentenciau y, por respeto a la patrona y pa’ cortar disgustos, corté las salidas al boliche. En consecuencia, tenía bruta se´ atrasada y aprovechando que estaba solo en las casas decidí, mientras hacía la faena, abrir la botella y probarla sin apuro a fin de ir poniéndome al día con ese asunto.
Me encontraba en el galpón cueriando, al vislumbre del farolito, cuando los perros se pusieron como locos, no podía hacerlos callar. Una luz blanca que no me dejaba ver nada se posó silenciosa frente a la puerta del rancho. No se oían motores, salían del aparato unos extraños sonidos parecidos a la música de órgano de la iglesia mezclada con el ruido de una viola desafinada. Unas luces de colores le giraban alrededor del aparato, lo que sin duda demostraba que era una nave de otro planeta.
¿Qué hago?, me dije. ¿Será que es cierto lo que se comenta de la invasión de los marcianos?
Medio mareao, encandilao y a los trompezones, di la vuelta por el fondo del rancho pa’ llegar sin ser visto a la pieza donde guardaba arriba´ el ropero la 16 de dos caños, cargada con munición gruesa y siempre pronta por si en la noche aparecía algún chancho que sobre todo en época de parición, diezmaban las majadas. Nunca le había fallado al abuelo y era capaz de derribar un toro a veinte metros de un solo disparo.
Ni bien crucé la puerta, para mi sorpresa, sentao en la mesita al lao de la cocina económica y cortándome hábilmente el paso, un extraño ser me paralizó la sangre. El mismo Mandinga parecía. Ojos verde oscuro grandes como e´ vidrio, le envolvían la cara sin expresión alguna, la piel escamosa marrón como la de las víboras parejeras, dientes afilaos con incrustaciones metálicas. Pelos paraos amarillos le cubrían parte de la cabeza como las plumas de los gallos ´e riña cuando están por atacar, traje espacial de colores metálicos, fino de brazos y manos, y patas largas que sobresalían por debajo de la mesa.
Yo estaba aturdido, no sabía qué hacer. ¿Y si le pregunto algo pa’ saber si se puede comunicar?, pensé, Aunque, de seguro debe tener esa lengua bífida como la de los lagartos. ¡Qué va a hablar! Será de otra forma…
—Ustedes vienen de lejos? ¿De qué constelación? —pregunté haciéndome el conocedor.
Extrañamente vi que mis fieros perros medio cimarrones, acostumbraos a lidiar con grandes chanchos jabalíes en los montes ´e la costa, habían sido abducidos, movían la cola y le hacían fiesta: ¡Este ser ya dominó a los animales -pensé-, no va a hacer lo mismo conmigo!
Manotié el caronero que siempre llevo en la cintura, herencia de mi suegro, cabo de plata y oro, hoja de acero Solingen (“capaz de cortar un alambre gorgón de rienda si fuera necesario”, siempre decía). Pero en el acto se me cruzó un pensamiento: ¿Cómo ensarto a esta culebra? Muy probable que de seguro me muerda igual, aunque logre bandearlo con el facón y uno no está solo en esta vida, pensé.
Hi zo una mueca como´e risa y espetó para mi espanto:
—Vengo de aquí cerca, de la estancia. ¿Así que estaba carneando una oveja?
—Un capón —le dije.
—¿Se puede saber con autorización de quién?
Estos invasores ya se creen dueños ´e todo —me recalenté. No me iba a quedar de pico cerrao:
—¿Y a quién carajo le debo una explicación?
—Tranquilo, Jacinto. ¿No se acuerda de mí? Las veces que he estado aquí de chico jugando al truco en esta mesita. Soy Lautaro, el hijo de Romualdo. Vine por dos días y no quise irme sin pasar a darle un abrazo y saber si necesita algo porque ya me voy de vuelta para la capital a terminar mis estudios.
—¡Pah! —me cayó la gota fría— ¡Lautaro! Perdoname que no te conocí con esos lentes. Tantos años han pasado. ¡Qué alegría verte! ¡Qué grande que estás!
Escritores Floridenses: «Encuentro cercano» – Carlos Canelas
