Nací y crecí entre peones rurales, aunque dicen que mi padre no fue uno de ellos. Solamente supe eso de él, y que me pusieron su nombre: Félix. Desde muy pequeño ya ayudaba a mi madre, una mujer fuerte, corpulenta y rezongona que se dedicaba a hacer la comida para los trabajadores de la estancia, que luego de las faenas caían puntualmente a la cocina a saquear, cual plaga de langostas, todo lo que supiera a comida.
Así aprendí a cocinar, a limpiar y a servir la mesa a hombres rudos que ni siquiera por asomo manifestaban los sentimientos de su alma. Pensaban que eso era debilidad… “Cosa de mujeres”, decían.
Muy joven me vine al pueblo, apenas cumplida la mayoría de edad, y enseguida conseguí trabajo pelando papas y limpiando la loza en un pequeño café y restaurante que tanto servía milanesas a los camioneros que pasaban, como grappa a los lugareños. Logré, con mil sacrificios, terminar tercero del liceo, y ahí supe que lo mío no era estudiar. Aunque me resultaba fácil escuchar a las personas, y la profesora de Historia me decía que “tenía pasta de psicólogo”, no tenía tiempo para mí… debía trabajar. Me era muy difícil mantener a mi madre enferma, ahora en la mejor pensión de la ciudad (como se merecía), y a mí mismo.
Agradecido con el dueño del “boliche” que me había dado la oportunidad, pude seguir creciendo laboralmente hasta transformarme en el cantinero. ¡Pucha que me sentí bien ese día! Creo que ahí pude desarrollar mis dotes naturales de oyente empático, hasta tal punto que empezaron a llamarme “El Oreja”.
Me empoderé de la profesión de cantinero… sabiendo que a la vez oficiaba de terapeuta encubierto. Porque así eran los psicólogos de antes, los que entre caña y caña oían las penurias de los desilusionados, los que administraban las dosis adecuadas de licor para que surgieran las causas de las depresiones, los que escuchaban los lamentos y los desahogos de los hombres entre el humo y el sopor del alcohol, los que sabían que un whisky podía dar a luz una real confesión aliviadora.
Ahí fue donde vi, por primera vez, llorar a esos gauchos duros que yo había conocido tan bien en la cocina de campaña… Ahí desfilaban los que sobrios “daban clase” de hombría, y contra el mostrador desagotaban, húmedas las pestañas, todas las frustraciones que no querían ni podían “desembuchar”.
Y yo sabía escucharlos, sin juzgar, en silencio la mayoría de las veces, otras con alguna palabra de aliento. Ahora que pienso me doy cuenta de que sabía atenderlos porque sentía como mío su propio dolor, porque yo mismo portaba con sacrificio mis cargas silenciosas… cosas íntimas, diría yo.
Mi personalidad extrovertida cubría mis propias sombras, por lo que en el fondo debería reconocer que era como un actor, dándole vida a un personaje creado por mi necesidad de “ser alguien”, por mi urgencia de ser querido.
Nunca tuve novia, pero eso no quiere decir nada malo, solo que… no lo precisaba.
Creo que dentro de todo, mi mayor satisfacción era ser amparo para los necesitados de sacar a luz sus emociones… y sobrevivir a ellas. Algunos decían de mí: “La presencia de Félix es como una manta, cálida, fraterna y reconfortante”. Otros destacaban que yo tenía esta rara habilidad para hacerles sentir bien, incluso cuando estaban convencidos de que no era así. Un camionero un día llegó a expresar: “Me salvó de una manera que ni siquiera entendí”.
Eso… eso me bastaba. Salvar, entender… palabras que desearía que alguien sabio me explicara, porque intelectualmente no las comprendo. De todas formas, así como estoy, aún sin entenderme, me encuentro satisfecho conmigo. Me imagino que cada parroquiano al que le lleno el vaso de líquido espirituoso, puede ser mi padre, aquel que nunca conocí y tanto añoro.
Antes lo buscaba… ahora todos son mi padre.
Escritores Floridenses: «De título cantinero» – Anahí Vidal
