¿Sabe, mama?… Me he da’o cuenta que tata Sergio me cree más burro de lo que soy;
dice que me quiere mucho, pero hace una punta ´e días que se pasa dale y dale nomás a la tambora.
Me lo decía clarito, mama; estaba extrañando a los otros, y en cualquier momento alzaba la pata, y salía corriendo adonde lo esperaban su otra mujer y mis otros hermanos, esos descoloridos de mierda que vivía nombrando.
Que me extraña mucho cuando está allá, que por mi color toco como él la tambora… pero no se queda aquí con nosotros, vive hablando de esos desteñidos y de su madre. La vi en una foto que, escondido de usted, me enseñó. Estaba ella, tenía el pelo amarillo que le caiba de su cabeza, largo y lisito como cola ‘e caballo ruano. No como el suyo que es color noche y no se sacude como cola ‘e ruano y siempre está peinadito mama, como el mío que no precisa peinilla pa’ estar peinao.
Anoche soñé, mama, que volvía de allá arriba, porque tata Sergio me contó que en el mapa su otra familia vive allá arriba. ¡Qué injusticia! ¿Nos habremos portao mal que siempre tenemos que estar abajo?
Cuando se me acabó el sueño me hice un juramento, no me descubras, pero si alguna vez se aparece con mi hermano el tordillo, vo’ a sacarle las cosquillas; va a saber, mama, lo que es un rebenque cuando sube y baja entre las costillas.
Van unos cuantos días que mama me anda disparando, tiene miedo a mis preguntas. “Andá al almacén y traéme estas cosas” o “La vecina te precisa para que le hagas mandados” o esto o aquello, pero hablar del tata Sergio de’ ande esté sale contrariada escoba en mano.
Yo me refugio en la tambora, si me dejara en de seguro le daría palo noche y día pero, el “hacé esto o lo otro” de mi mama, me la esconden, que si no…
No le digo nada, su cara lo dice todo, no es la mama que cuando tata Sergio agarra la tambora queda enredándose el pelo, y una luz de vida en sus ojos la lleva a barrer todo, lo mesmo que cuando baila.
Nada de eso, de no chiflarme la panza, a la hora de comer me escondería abajo de la cama.
No lo sé, pero algo habré hecho mal, no vino el sueño, la noche entera este negro con los ojos lo mesmo que el dos de oro en la baraja, mesmito así me encontró la luz del día, ni oportunidad le di al tata Sergio pa’ que me visitara, o me mostrara al desteñido o la ruana. Tarde vinieron las ganas ‘e dormir, eran ya horas de ganarse el puchero, por si acaso… digo por si acaso porque algo me anda dando güeltas adentro’ el mate. No sé, pero algo anda mal y aunque me esquive la voy a hacer sentar a mama p’ aclarar las cosas.
Y demoró, demoró, pero el día llegó.
Fue después de la pior noche que he’ pasao. Mama habrá estao complicada que olvidó cerrar la puerta. Debe ser bravo pa’ ella seguirla rumbiando porque antes no le pasaba, y el que te dije (el Mandinga), se metió a revoliar la cola. Temprano nomás lo vide ronciando y aprovechó su descuido.
—Me ha dejao triste y preocupao mama, me ha mostrao un tata Sergio que no conocía. Si nos quisiera como vos decís, no pasaría nada más que un par de meses con nosotros, y con los tordillos como cinco veces más. Revoliando la cola Mandinga me aseguró que nos va a dejar del todo, que pa’ él casi casi que somos una molestia, que uno de estos días nos quedaremos esperando los pocos pesos que manda. Si esto se da, mama, en de seguro que no vamo’ a verlo más.
Se le mojaron los ojos a mama, dio media vuelta como buscando la escoba, y puede que por primera vez hablara sin ordenar un mandao…
—No tenga miedo, mijo, vendrá, la sangre llama —, y miró pa’ otro lao.
Pue que llame, pero nunca lo vide abrazar a este negrito como abraza a ese desteñido, lo vi en la foto que me mostró, ni jamás me ha comprao esos zapatos lustrosos que lleva en las patas.
—A mí no me importa, mama, si me promete que a usté siempre te vo’ a tener a mi lao.
Llorando me abrazó mama, me abrazó y me dio un beso grande grande, como nunca lo había hecho.
La mejor noche, y el mejor sueño que en la vida ha tenido este negrito: mama, con su abrazo y el beso, me había liberao.
Escritores Floridenses: «Tata Sergio»- Antonio Lissio
