En cada amanecer ella recorría las calles de su ciudad, silenciosa, callada. Nunca decía nada.
Así iban transcurriendo los días. Su pequeña casita pintada de blanco, con tejas en su techo, un farol a la entrada que daba luz al pequeño jardín. Hermosas flores a cada lado del caminito de piedras que ella misma consiguió y colocó.
Siempre sola. Nadie sabía nada de ella, pero siempre estaba tarareando una canción que nadie conocía.
Un día no salió a la calle, ni al otro, ni al otro.
Los vecinos llamaron a su puerta, pero nadie salió.
Pasaron muchos amaneceres y un día volvió a recorrer las calles.
Y dicen que desde entonces y hasta ahora, en el momento más inesperado, la gente puede cruzarse con una mujer misteriosa, tarareando una melodía desconocida.
Escritores Floridenses: «Misteriosa» – Gladys Gil
