Pertinaz lluvia desdibujaba las cuchillas de San Gabriel aquel domingo en que la estancia casi se había vaciado de habitantes: los patrones a la capital y la peonada al pueblo. Solo Urbano en su pieza y la morocha cocinera limpiadora, en la casona.
Llovía y llovía… Lo más llevadero para el negrito era instalarse en el galpón a matear, mirar caer agua, conversar consigo mismo, dejar que los pensamientos lo acompañasen. Y allí estaba, en la puerta mirando sin poder ver con claridad por la cortina de agua, imaginando el paisaje sabido de memoria.
Lindo escuchar el tableteo de las gotas de agua en las chapas del techo, y la canaleta de desagüe que desagotaba chorros que era un susurro.
Y pensaba sin percatarse que pensaba, porque los pensamientos se le aparecían de golpe; parecía una conversación con alguien invisible:
-Si sigue lloviendo, tendré que voltear el alambrado del potrero del fondo -pensaba. Pero al momento otra voz de su mente le recordada: No precisa, me acordé que la novillada la mudamos al potrero de la tapera, menos mal…
Con recurrencia le venía la sueñera de tanto no hacer nada, los párpados se le caían, reaccionaba y sorbía el mate. Escudriñando el campo anegado, en un momento logró divisar la portera del piquete. ¿Estará abriendo el día?
De repente, el perro entró al galpón, chorreaba agua, se puso a su lado y temblorosamente sacudió el cuerpo salpicando a Urbano a la vez que lo que lo despabilaba, dándose cuenta de que tenía compañía.
-Vos y yo, aburridos los dos -comentó en voz alta a lo que el perro correspondió moviendo la cola echándose nuevamente también somnoliento.
Algo tenía que hacer para matar el tiempo y decidió engrasar el garrerío: “Tengo buena grasa, voy a embadurnar el apero”, se dijo.
Primeramente, estiró el lazo dentro del largo del galpón, lentamente lo acarició con sus manos engrasadas, le siguió el bozal y las riendas; por último, la carona y el recado. Todo bien manoseado hasta dejarlos suaves y flexibles que no parecían tan rústicos. Revisaba el apero con orgullo, una a una las argollas, los tientos, la barbada, todo en regla y los volvió a colocar en el caballete.
Cada tanto miraba sin proponerse hacia el patio de la casona donde la limpiadora aseaba las habitaciones. Por segunda o tercera vez la vio atravesar el patio en forma de letra u, saliendo y entrando a las piezas, con escoba y balde.
“Cada uno en lo suyo”, pensó mientras acariciaba al perro.
Una gotera en el fondo del galpón lo hizo volver la atención donde una bolsa de lana se mojaba. Y corrió la bolsa, que fue lo único que hizo en toda la mañana.
La morocha, cocinera y limpiadora, hizo tañir la campana anunciando la hora del almuerzo, tal como era costumbre cuando estaba toda la gente. El llamado esta vez era solo para Urbano, quien rumbeó para la cocina.
Mientras le servía un plato de sopa hirviendo, la miró fijo y descubrió lo que no se había dado cuenta en años trabajando juntos, las bondades femeninas. Se dijo para sus adentros “¡está buena la morocha!”.
Ella le adivinó el pensamiento, le clavó sus enormes ojos y con sus brazos en jarra, le preguntó irónica:
-¿Le pasa algo?
-No, nada. Miro no más.
Ella, media vuelta revoleando el delantal, le dio la espalda. Pero Urbano ya estaba en trance con el pulso acelerado. La lluvia monótona, tarde gris, nadie más en la estancia, le despertaron las ganas por la cocinera a quien le observaba las curvas. Hasta que la encaró sin rodeos:
-Ta lindo pa´ pegar una arrimadita juntitos, ahora que no hay naides.
-Asujete su boca, negro desdichado. Si anda alzao váyase pa´l pueblo con alguna chiruza. Sofrene su lengua, usté está frente a una señorita de respeto.
Urbano bajó la cabeza, clavó la mirada en los ojos grasosos de la sopa y pensó: Es que pa´ dir pa´l pueblo falta una semana y la tengo acá al lado y nunca le pedí un sacudón… Bueno, ya pasó.
Buscando resignación por el fallido lance se consoló: Al fin de cuentas la saqué barata, esas carnes tantos años conservadas deben estar acorchadas, ya vendrán mejores.
Se apagaron las chispas de sus ojos, la tarde noche indicaba que el domingo finalizaba, la lluvia seguía. Lo mejor era volver a su pieza y planificar el día siguiente.
Son tediosos los domingos lluviosos, dan ganas de acurrucarse… ¡De puro aburridos nomás!
Escritores Floridenses: «Domingo lluvioso» – Servando Echeverría
