Escritores Floridenses: «Donde nadie se asoma» – Daiana Castañares

Respiro y el aire se vuelve espeso llenando mis pulmones. Una fuerte presión se instala en mi pecho. Cuesta respirar. Y aunque no abro los ojos aún, sé que es donde se supone que debo estar.
Las mismas raíces secas crujen bajo mis manos y se vuelven polvo, como cada vez que me propongo volver a este lugar. Raíces marchitas, marchitas y cansadas de tanto dolor. Las han asfixiado hasta arrancarles las ganas de vivir.
Abro los ojos y el cielo gris se esparce sobre mí. He visto este cielo tantas veces que he perdido la cuenta. Frías gotas chocan contra mi rostro mientras permanezco echada sobre el suelo, y se deslizan con gracia hasta alcanzar la superficie sobre la que me encuentro. Tierra seca y sedienta que absorbe la fina lluvia como siempre cuando se alimenta de mi sufrimiento, devorando cada lágrima derramada.
Las raíces continúan deshaciéndose contra mi piel, rasguñan, pero son dolores tan insignificantes que de alguna forma me hacen sentir que estoy aquí. Por fin he vuelto a dar este paso, ese en el que recaigo y del que siempre alguien me salva. Como si la salvación fuera respirar un día más.
¡No! No quiero eso. No quiero esto. Quiero ahogarme entre la brea y ya no sentir más.
Lentamente logro enderezarme y contemplo el paisaje a mi alrededor. Llueve y el agua se escurre entre las ramas del viejo sauce. Seco. Seco como yo. A él también le han robado las ganas de vivir.
Cuando era niña, el viejo sauce crecía magnánimo en la estancia de mis abuelos. Se alzaba majestuosamente y yo pasaba los veranos enteros resguardándome bajo su sombra, acariciando la corteza e imaginando que esa era mi guarida secreta, donde nadie, nadie se podía asomar, donde trepar hasta la cima era el único refugio, donde podía escapar de la tierra seca y las raíces podridas de mi familia. Arriba, en lo más alto. Allá todavía podía respirar.
Pero ahora veo todo desde abajo. No hay guarida. No hay escapatoria ni salvación. No hay ramas que me protejan ni un fino rayo de sol escabulléndose entre las hojas. El viento sopla en cámara lenta y las ramas se mueven ya sin gracia delante de mis ojos. Su olor ya no penetra mis sentidos, su verde esperanza se ha esfumado y es solo un frío trozo de madera incapaz de proteger. Ha entendido, después de años, que ya no necesito que me protejan.
Me pongo de pie y empiezo a caminar, ya sin temor, ya sin culpas, dejando atrás todo lo que me ha traído hasta aquí. Es la única salida. Siempre lo ha sido.
A lo lejos los relámpagos iluminan el lugar y el sauce cobra vida por una milésima de segundo. También mi corazón palpita esa luz por un instante. Pero la oscuridad vuelve a retorcerlo todo y aprieta y saca sus filosas garras hasta prenderse de mis tobillos.
Sin embargo, no tengo miedo. Ya no.
Se extiende la llanura a mi alrededor, gritan las raíces podridas y la lluvia empieza a golpear con más fuerza como queriendo opacar sus tortuosos lamentos. Las gotas aterrizan sobre mi piel y son miles de cuchillas cortándome la piel. Y ya no sé si es sangre rodando por mis mejillas o el regalo de la tormenta que gira sobre mi cabeza.
Se siente bien. Sentir. En este momento me permito sentir. Aquí, por última vez.
El crujir de la vida bajo mis pies agradece este momento, esta decisión. Me envuelven los talones y se elevan por mis piernas, clamando por la paz que tanto han anhelado. La misma que yo he rogado al borde de la desesperación. Nadie las entiende, nadie concibe la idea de que ya no quieren respirar.
Por eso esperan en este lugar, en este sendero de tierra donde nadie se asoma. De donde todos huyen creyendo que la muerte jamás los alcanzará. Para muchos es un calvario, el tormento de saberse finito, de ver cómo el tiempo corre delante de uno. Se agota, se cae, desaparece. Y uno desaparece con él.
Todos miran a la muerte como si de un monstruo se tratara, pero, ¿acaso no es grata la sensación de ya no sentir nada más? La inequívoca certeza de que el dolor se irá para siempre. Cerrar los ojos dejando todo atrás.
Sí, es tan mágico como la tormenta azotando cada vez más. Golpea en el pecho y me inunda. Ya no hay nada ni nadie que me retenga, ni siquiera yo.
Extiendo mis brazos y sonrío al fin, dándole la bienvenida.
Después de todo, voy a poder dormir en paz

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