20 de setiembre de 2023
Había terminado de hablar el penúltimo orador en la cumbre sobre el cambio climático en las Naciones Unidas, y mientras se acomodaba el siguiente disertante, una figura casi etérea subió al podio bajo el asombro de todos y sin que nadie osara decir palabra.
Una anciana de níveos cabellos y túnica blanca tomó la palabra sin más ni más, diciendo:
“Hijitos amados:
Hoy están reunidos para hablar de mí, como que ustedes no estuvieran en mí, como que estuviéramos separados.
No se ocupen tanto de mis dolencias pasajeras, esas son cosas que yo tengo que aprender para evolucionar, y he solucionado cosas peores.
Ocúpense más del “homo sapiens”, miren hacia adentro, sin engañarse entre ustedes ni regañarse a ustedes mismos. Miren sus apegos, sus costumbres, sus condicionamientos, sus posturas consumistas, ahí está el meollo de la cuestión.
Piensan en mí como su propiedad, como el fruto de vuestra conquista. Dejen de verme como una posesión para darse cuenta que soy yo la que les contiene.
¿Creen que yo no puedo cuidarme de sus caprichos y excesos?
Simplemente aún no los he reprendido mucho, aunque les preocupa cuando lo hago, pero no creen que tengo voluntad propia.
Estoy para educarlos, cuidarlos y alimentarlos porque todavía son pequeños… ¡y se creen tan grandes!
Ahora mismo los estoy cuidando de ustedes mismos, porque están modificando el ambiente que les es propicio para vivir.
En estos momentos hacen congresos para conversar sobre el calentamiento de mi cuerpo. Ustedes están convencidos de que se reúnen para hablar de mi salud, pero es de vuestra salud de la que tienen que hablar. Yo estoy bien y lo estaré aún si hacen de la atmósfera un lugar inhóspito, los que están en riesgo son ustedes, o mejor dicho, la humanidad de hoy.
En este mismo presente se está gestando una generación futura sin apego a las inautenticidades del pasado, así que solo trabajen en eso, en observar sus gestos, sus propios yoes, sus irreales movimientos, y si con esas reflexiones traen un poco de luz, entonces habrán puesto un granito de arena para vuestro propio bienestar y el de sus descendientes.”
Y así, tan blanca y vaporosa, con una paz casi hipnótica que todos podían inhalar, la mujer bajó del estrado y se fue, tan misteriosamente como había llegado.
Cuentan por ahí que su aparición no se registró en las cámaras de seguridad ni quedó grabada en ningún lado. Solo permanece en las mentes de los allí presentes.
Anahí Vidal: Monólogo de la Madre Tierra
