El barco pasó y se instaló, pero el futuro se vendió

Hace unos días venimos mirando el mar y preguntándonos qué será del barco.

Si la garantía sí, si la garantía no, si el contrato accesorio arrastra al principal o al revés.
Algunos, como Da Silva, aseguran que un negocio de 82 millones de euros se arregla con un “che gallego, ajustá la garantía”, como si el Estado fuera un boliche de barrio donde se fía y se paga con confianza.
Otros, más poéticos, hablan de amores no correspondidos.
Un diario muestra una chapa colgando y dice que no va ni el 60% de la obra.
Otro muestra una foto más amable y asegura que ya casi está pronto.
Y así andamos, entre novelas y titulares, discutiendo si el barco está o no está, mientras el país sigue en el mismo muelle.
Porque la verdad es que todo esto no le pone un plato de comida a nadie en la mesa.
No le da trabajo a quien lo busca hace meses.
No le baja el precio al super ni al alquiler a la familia que hace malabares para llegar a fin de mes.
Y sin embargo, ahí estamos: entretenidos con el barco, las chapas y los amores de Estado.
Mientras tanto, lo verdaderamente importante casi no se discutió: la emisión de un bono de deuda por casi 2.000 millones de dólares.
Deuda que no van a pagar ni los que firman ni los que prometen, sino nuestros hijos, en un Estado que cuesta 25.000 millones de dólares mantener
y sigue emitiendo bonos como quien imprime folletos de campaña.
Cuando la burbuja reviente (porque toda burbuja revienta), nos van a quedar las chapas del buque, si tenemos suerte.
Y en el mejor de los casos, si el amor resurge entre el Estado uruguayo y la empresa del gallego,
no va a haber plata para mantener el barco,
y lo vamos a dejar atado con cadena a los postes de la fracasada regasificadora, para que no se lo lleve la corriente. Por ahí quizás el sinchon de un viento más el peso del barco arranquen los postes y nos ahorren algún mango, para no tener que pagar su desmantelamiento.
Esequiel Ibarra Convención Nacional Partido Colorado (Batllista)

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