Esa fue la primera frase que escuché mientras luchaba denodadamente contra el fuerte oleaje que sorpresivamente se había generado y que me iba arrastrando con mucha fuerza mar adentro.
Esa voz me sorprendió. ¿Cómo era posible escucharla con tanta claridad habiendo un oleaje tan estruendoso? Giré la cabeza en todas las direcciones buscando a quien me había hablado, pero no vi a nadie ni en la superficie ni bajo las olas.
De pronto una nueva ola me impulsó hacia abajo con tanta sorpresa y potencia que me hizo tragar mucha agua. En pleno esfuerzo por recuperarme, volví a escuchar esa extraña voz:
-¡Vale más que te rindas! Todo lo que estás haciendo es en vano. Ven conmigo, todo estará bien.
Esta vez sí pude identificar el lugar de donde provenía la voz. Pero solo vi una enorme y extraña ola, diferente a todas las otras; no tenía los tradicionales colores en la gama del azul. Eran otros colores: los del rostro de una persona de un tamaño desmesurado. La cara de ese sujeto ocupaba casi toda la parte superior de la ola, el resto del cuerpo no era fácilmente visible.
¿Verdadero o pura fantasía era aquello que observaba o creía ver? Pero por más dudas que tuviera, yo estaba obligado a continuar luchando aferrándome a una posibilidad de salvarme cada vez más lejana. Me asemejaba a un tiburón ensartado en el anzuelo dando todo por sobrevivir. Proseguí pataleando para salir a flote, pero mis fuerzas iban flaqueando progresivamente mientras la voz seguía susurrándome sobre mi destino en el fondo del mar.
“Si cree que estoy entregado, está muy equivocado. No me vencerá tan fácilmente como cree este sujeto, ya sea la muerte, Poseidón o quienquiera que sea”, llegué a pensar. Pero eso más bien parecía un recurso espiritual más que material para no dejarme vencer pues las fuerzas me iban abandonando lenta e inexorablemente.
Pasaron los segundos o minutos -ya ni sabía qué eran- y yo seguía luchando contra el mar en combate desigual. Temía un triste final, pero no me daba por vencido.
Por mi mente desfilaron personas, recuerdos y mil ideas de todo tipo como haciendo un balance de mi vida y un recuento de los pendientes que jamás podría concretar. ¡Qué final tan inesperado como indeseable me estaba tocando!
Las fuerzas estaban haciendo mella en mí, ya casi no podía respirar, cuando de repente percibí que alguien me sujetaba el tobillo. Temiendo que fuera el maldito sujeto, me esforcé por zafar, pero no era posible. Fue entonces que pude mirar a mi pierna y… ¡sorpresa!: era la mano de un guardavida que llegaba en mi auxilio desde la playa. Sintiéndome a salvo, no opuse resistencia a la labor de mi salvador, y me dejé llevar dócilmente hasta la orilla mientras intentaba normalizar la respiración.
Al llegar a la costa abracé fuertemente al guardavida agradeciéndole su acción, a la vez que desfilaban por mi mente las personas con las que ahora podría reencontrarme y también con las ideas y planes que ahora podría concretar.
Sentía que la vida me estaba dando una nueva oportunidad y que no debía rechazarla. Aquella dura experiencia, imposible de olvidar, me lo recordaría por siempre.
Escritores Floridenses: «¡Bienvenido al reino de las profundidades!» – José Luis Llugain
