Escritores Floridenses: «Cuestión de prueba» – Servando Echeverría

El sol del mediodía se deslizaba lentamente sobre el barrio La Estación, entibiando con placidez; a esa hora, previa a la siesta, nada ocurre en las calles, quietud, solo una leve brisa.
En la Seccional Policial el mate circulaba entre los tres agentes terminando la jornada laboral esperando el relevo. El cuaderno de las actuaciones, forrado con nylon, abierto de par en par, pronto para la inscripción más bienvenida: “se realiza el relevo, sin novedad”.
Sin novedad hasta el momento.
A dos cuadras de la vía del tren en una humilde, decorosa y bien arreglada casita, vivía Soledad Perdomo, separada desde hacía unos meses de Policarpo Añón, quienes convivieron durante unos años hasta que las desavenencias fueron creciendo y se tornó imposible la unión. Policarpo le llevaba unos ocho años de edad, trabajaba de peón chacrero en un establecimiento lechero donde, a consecuencia de la separación, tenía residencia; mientras que Soledad trabajaba en Zona Franca y se mantenía en la casita que era propia.
La ausencia de Policarpo durante la semana le nublaron la mente de celos imaginando cuestiones de su compañera, que en realidad no existieron; pero él no superó. De ahí la separación.
Pasando el mediodía el barrio continuaba somnoliento. Soledad finalizaba el almuerzo y se preparaba para cubrir su turno laboral de la tarde; el almacenero de la esquina daba por concluida su actividad mañanera; el vecino del fondo entregado a la siesta. Solo irrumpía la quietud el ladrido de un perro.
Así transcurría la proximidad de la tarde, como siempre. El barrio en calma, poca cosa para hacer. La mayoría gente era anciana y los viejos se acuestan temprano, madrugan mucho y luego sestean…y a La Estación llegaba la hora de la siesta.
A Policarpo no se le veía por el barrio, casi nunca, alguna vez en busca de alguna pilcha olvidada y no más. El contacto con Soledad era nulo, al menos se desconocía entre el vecindario.
El timbre del teléfono de la Seccional se escuchó desde la vereda ya que el aparato estaba en la pieza del frente y la ventana abierta para airear el ambiente inundado de humo de tabaco. En toda la mañana no había sonado, tampoco nadie había reclamado los servicios policiales, ya terminando la jornada el agente dejó el mate en la mesa, se levantó perezoso y escuchó.
Exclamó con una expresión de asombro dirigiendo la mirada hacia sus dos compañeros: -¡Esta denuncia justo cuando cambia el turno!- fue lo primero que atinó a decir. Presurosos los otros dos saltaron de la silla.
-Una voz anónima -continuó informando el policía a sus colegas- afirma haber visto un muerto al fondo de la calle, junto a la vía del tren.
En el baldío entre chircas, abrojos, yugal, estaba el cuerpo de un masculino. Una profunda puñalada en su vientre fue causa del deceso. Los tres agentes impactados y conmovidos por la escena no pudieron identificarlo.
Se rompió la paz en el barrio.
El Fiscal se constituyó junto al abogado de oficio. La función del primero era investigar, el segundo defender los intereses del difunto (como dijo uno de los policías: “pa´ que no haya muerto al pedo”).
Policarpo Añón era el occiso. ¿Y qué hacía acá Policarpo? se preguntaban los vecinos atónitos.
-Era un hombre tranquilo, sin enemigos- murmuraban.
-¿Andaría buscando a la Soledad?- especulaban otros
El Fiscal junto al abogado fueron a la casa de Soledad, única persona del barrio que no había ido a vichar la escena mortuoria; pero se mostró muy conmovida.
Estaba sola lavando los dos platos con pegotes de tallarines del almuerzo del mediodía. Interrogada que fue, repuesta del estado shock emotivo, no tenía ni idea que Policarpo anduviera por la zona. Quedó sin consuelo quien no era esposa ni ahora tampoco viuda.
Nuevamente los investigadores se instalaron en el lugar donde Policarpo yacía boca arriba y con los intestinos abiertos de lado a lado.
El joven abogado repentinamente se dirigió al Fiscal en voz baja y con rostro pálido, le dijo al oído:
-Lo mató Soledad.
-¿Soledad?
-Sí, Soledad —respondió sin dudar.
-Observe la herida con los intestinos abiertos: se ve lo mismo que tenían los platos que lavaba Soledad. Y ella lavaba dos platos cuando almorzaba sola.
Soledad ante la evidencia aceptó el homicidio, pero en defensa propia ya que Policarpo la visitó, almorzaron y luego la llevó al terreno baldío y cuando extrajo la cuchilla ella lo desarmó y le desgarró el vientre.

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