Solamente fui una vez al pueblo Maciel. En ocasión de tener que llevar un paquete que mi vecina me pidió que se lo dejara de pasada a su hermano, tuve una experiencia que me enseñó mucho sobre la humildad y las costumbres.
Como sucede en los pueblos chicos de campaña, uno no puede simplemente ir “de pasada”, sino que hay que confraternizar; de lo contrario, los lugareños pueden ofenderse. Además, nos venía bien guarecernos un poco porque empezaba a lloviznar y hacía mucho frío.
Entramos al lugar: un rancho de esos que quedan pocos, de barro y paja como “los de antes”, con piso de tierra y ventanas pequeñísimas.
Nos invitaron a sentarnos a la mesa. Era una mesa redonda, la que de por sí, por su forma, era igualadora. Y de esa manera me sentí: ni más ni menos, igual a todos. Éramos seis. Los dos que me acompañaban y yo, considerados los visitantes, nos sentamos juntos. Enfrente se acomodaron los dos hombres de boina y una mujer corpulenta que era la dueña de la casa, la que de repente se levantó y fue hasta la pieza de al lado, que supuse era la cocina por el olor a guiso que venía de allí. Una cortina raída, otrora a cuadros, era lo único que nos separaba del lugar del que salía aquel aroma que picaba la nariz. Volvió con una botella de caña y un vaso. “¿Un solo vaso?”, pensé… pero no dije nada.
Pronto la mujer llenó el recipiente con la bebida espirituosa. El primero en tomar fue el de la boina azul, quien se lo pasó al que estaba a mi izquierda. Alberto, un tipo rudo y acostumbrado a las barras de pesca, tomó apenas un sorbo, y colocó el vaso ante mí. La conversación siguió su curso en forma amena, entre bromas y risotadas. Casi con pudor, como si se tratara de algo prohibido, le eché una ojeada al “aperitivo”. El vaso, que obviamente alguna vez había sido transparente, tenía marcadas las huellas digitales y labiales de todos aquellos que lo habían tocado desde que lo compraron. No sé cómo pude pero me lo llevé a los labios y tomé un sorbo. Al hacerlo intenté no pensar, pero para mi fortuna, junto el ardor que quemaba mi garganta, me vino a la mente la idea de que aquel líquido con seguridad estaba hecho para matar cualquier germen que lo tocara. Tratando de continuar con la mente en blanco, rápidamente le pasé la “copa” al amigo Rodríguez a mi diestra. Este, bastante puntilloso en cuestiones de higiene, me miró de reojo y, también de reojo vi que hacía como que tomaba. “Más vivo que yo”, me dije.
Así siguió la ronda. La mujer servía (pero ni probaba), y el vaso daba vueltas a la mesa. Creo que fueron seis o siete circuitos hasta que alguien dijo: “Nos vamos”.
Cuando salimos del rancho, ya sin frío, vi a Alberto que no podía casi caminar, pero yo… no me acuerdo de nada más. Dicen que caí al suelo, que los paisanos se rieron mucho, y que tuvo que manejar Rodríguez, aunque tenía la libreta vencida.
Cada vez que paso por el pueblo Maciel, me acuerdo del vaso… del vaso que me enseñó sobre la igualdad… Del vaso, y de nada más.
Escritores Floridenses: «De pueblos y de costumbres» – Anahí Vidal
