Constituía un poblado de pequeños campos, tan cercano y tan distinto de la ciudad; rodeaban el conjunto algunas colinas, y de lejos se veía en primavera muy verde con sus respectivos cultivos.
El tiempo parecía haberse detenido allí, para los ojos del citadino constituía todo un asombro.
Casas antiguas, la mayoría sin pintar, algunos ranchos de paja y terrón y el campo con escasos animales.
Muchas historias se tejían en torno de la zona. Sin duda la más extraña correspondía a la figura de la viuda.
No se sabía muy bien cuándo había aparecido, pero vivía sola en su tierra; ya había muerto su marido para entonces.
Un día se la vio allí en la antigua casa, como surgida de la nada, saludaba a quien la saludaba y no tenía conversación con nadie.
Un joven vecino hacía las veces de jardinero, muy de tanto en tanto.
Cuentan que cuando se afincó—muchos años atrás—tenía su buen vehículo, ropa suntuosa y era bella.
Suponían los vecinos que había tenido una vida tumultuosa en grandes ciudades, donde había obtenido un vasto patrimonio y, cansada de ella, se refugió en el campo y en la soledad.
Relataban también que sola, con una vieja escopeta había espantado varios intrusos en más de una ocasión.
Su casa, que conociera mejores épocas era aún muy sólida, rodeada de un gran patio con varios árboles frondosos por donde circulaban gallinas, perros y algunas ovejas compartiendo amigablemente el territorio.
Sobre el mediodía la única puerta visible se entreabría, así como las ventanas, y su figura de una edad indefinida, de complexión robusta aún, iba y venía por el lugar realizando sus tareas, cubierta su cabeza por un amplio sombrero en verano y un pañuelo en invierno.
Su mayor desplazamiento era al único comercio de la zona —tan pintoresco como todo allí— no muy lejano.
Se ayudaba con un madero que hacía las veces de bastón, colgaba del hombro un amplio bolso de tela donde portaba sus compras, caminando con pasos decididos, rodeada de un hálito de misterio.
En ese entorno vivió varios años.
Con el paso del tiempo sus salidas fueron cada vez más escasas, así como sus apariciones en el patio, hasta cesar.
La puerta y los postigones de sus ventanas permanecían siempre cerrados.
Se hizo costumbre ver su morada así, la maleza había invadido el amplio patio ahora vacío.
Un cierto día el joven que a veces cortaba el pasto —única persona que se acercaba allí— luego de no verla por mucho tiempo, llamó extrañado a su puerta y a sus ventanas. Sin recibir respuesta alguna dio cuenta a las autoridades quienes descubrieron su muerte.
Nunca se supo cómo ni de dónde surgió tanta gente extraña en el funeral de la viuda solitaria. Cuentan que el suyo supo ser un gran funeral, con un despliegue bizarro de gente extraña que llamó la atención de todos.
Un gran grupo de mujeres, ya mayores, de ropa colorida, con abundante maquillaje, de labios muy rojos y cubierta de joyas portentosas, acompañaban su cortejo y algunos ancianos trajeados, con pañuelos coloridos rodeando sus cuellos y sortijas abundantes, apoyados en bastones caros.
Cuentan también que los componentes de esta extraña comitiva supieron ser sus compañeros de vida antes de retirarse a su apacible soledad.
Escritores Floridenses: «El secreto de la viuda» – Aracelli Faggiani
