Fue uno de mis primeros pacientes cuando comencé mi formación de postgrado.
A la Sala 8 ingresaban y se iban de alta muchos pacientes, los que me enseñaron de mi profesión y de la vida.
Hoy quiero contarles de uno en especial, porque todos me han dejado algo, pero del que quiero contarles ha sido inolvidable aún más de cuarenta años después.
Había ingresado a esa Sala porque sus conductas de riesgo lo hacían peligroso para sí mismo. Era uno de esos locos lindos, como un cascabel con cintas de colores; sus movimientos eran exagerados, parecía que caminaba bailando, no paraba de bailar, cantar, pintar, dibujar… Se cambiaba de ropa todo el tiempo, usaba turbantes, alhajas extravagantes, me bailaba alrededor y hacía dibujos que cada día me traía. Dibujaba mujeres rubias y en el lugar de ojos ponía dos letras B mayúsculas y me los daba diciéndome “Doctora, usted casi casi es como Brigitte Bardot”.
¡Cómo olvidarlo! Y cómo olvidar cuando jugando consigo mismo decía “yo tengo los tres peores defectos que puede tener el ser humano: soy negro, puto y judío adoptado”.
Negro por su raza, puto por ser homosexual y judío adoptado porque su madre había servido a una familia judía que lo había adoptado.
Pero se había olvidado un cuarto defecto, ser paciente psiquiátrico.
Era un artista plástico que producía en los momentos de descompensación de su enfermedad.
Y se fue de alta.
Años después recorriendo una feria de artes escuché un vozarrón de alguien que, desde lejos, hacia una reverencia hincándose en el suelo y exclamaba “mi doctora, mi doctora”.
Toda la feria se dio vuelta. Estaba creativo.
Escritores Floridenses: «Estigmas» – Nora García
