Escritores Floridenses: «Etérea» – Aracelli Faggiani

..siempre en la esperanza de oír, a lo lejos,
las pisadas…
Fernán Silva Valdez

Sus pequeños pies solitarios la llevaban incansablemente a lo largo de caminos; caminos estrechos, arbolados, sinuosos; subiendo la ladera o bajando rápidamente.
Trataba de adivinar a sus escasos años, la inmensidad del mundo; oyendo sus múltiples sonidos como carrillones divinos: las aguas que descendían de la altura luego de la lluvia, el crujido de las ramas movidas por el viento, el gorjeo de las aves, el sonsonete lejano de los grillos.
Su mínima presencia era tan tenue que pasaba inadvertida en su ir y venir; nadie preguntaba por qué ni hacia dónde.
En ocasiones, cuando todo florecía, solía recoger flores y ramitas que volcaba por los senderos al regresar —no tenía a quien dárselas— marcando su recorrido con ellas.
Cuando el sol de verano en su máxima intensidad abrazaba y la resolana le impedía partir, aguardaba bajo un gran árbol, sentada a su sombra y muchas veces se entredormía soñando con luces fosforescentes, como fuegos fatuos, que transcurrían sobre campos solitarios e interminables como páramos, para luego partir, en eterna recorrida, tras una quimera.
En los días de invierno y muchas veces de lluvia, solía marchar, aterida, para retornar con la tibieza del ejercicio realizado.
Su pequeña presencia solitaria, casi selvática, no llamaba la atención de nadie.
Los hilos del tiempo se entretejían lentamente días y noches, soles y fríos sobre ella que solo aguardaba los momentos más propicios del día para partir en su peregrinar casi diario. Ignorante de peligros y maldades, y en su afán de verlo todo y abarcarlo todo, solía alejarse cada vez más persiguiendo muchas veces sus pisadas tenues en los caminos.
Y al cambiar su itinerario supo que el mundo se extendía más allá del valle de casas blancas, casi todas iguales.
Su pequeño mundo se hizo infinito. Quedó atónita al descubrir el mar; ese espléndido espejo azul, donde se escondía el sol con matices tornasolados, donde vivía la luna que se veía de plata sobre el agua mansa.
Miles de presencias la saludaban y atraían en la lejanía donde las nubes rozaban el agua danzando con un ritmo celestial.
En ese momento supo que nunca más estaría sola.
El pueblo comenzó —entonces sí— a notar su presencia siempre acompañada de una bella dama; ambas rodeadas de un halo de luz, recorriendo valles y lomas, adentrándose, invariablemente, en el extenso mar.

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