Escritores Floridenses: «La devoradora de pecados» – Daiana Castañares

El frío camino de piedra araña sus pies descalzos. Las uñas largas y quebradas continúan la delgada línea de los huesos, envueltos por la piel ya cuarteada. Casi no queda carne ni en sus pies, ni en sus piernas, ni en el espacio donde una vez supo albergar el más puro amor. Ahora solo camina entre los vivos como si de una muerta se tratara, más muerta aún que sus sueños y esperanzas.
Se detiene ante la puerta y suspira, y el aire escapa en un quejido de sus pulmones ya cansados de respirar. Una, solo una vez más. Inhala hondo, y el último reparo de anhelo se le cuela por la garganta reseca de vida.
Los ojos inquisidores que la reciben tras la puerta no hacen más que recordarle lo que es. Una escoria, una pobre devoradora de pecados lista para efectuar el más inmundo de los quehaceres; lista para enfrentar el único destino al que se puede aferrar. Y avanza, en silencio, hasta llegar a los pies de la cama en el cuarto principal.
El calor de la estufa se esparce en el aire y acaricia su cuerpo, casi con lástima. La tenue luz de una vela ilumina el rostro de la mujer que descansa sin vida sobre la cama, con las manos entrelazadas sobre el vientre, la camisola abierta sobre el pecho. Una cadena de oro envuelve su cuello y escala sobre la piel hasta acomodarse entre ambos pechos, ya vacíos de leche y juventud.
La mujer se acerca a la cama y se arrodilla junto a esta. El hijo de la muerta, un joven de vivaces ojos azules, llega al lugar con una bandeja de plata, portando solo una jarra de cerveza y un trozo de pan. Y a ella se le haría agua la boca si no fuera porque esto ya ni siquiera es por la comida. No es por sobrevivir. Es la necesidad de conocer la verdad la que la orilla a este lugar, a este trabajo capaz de rebajarla a la peor de las deshonras: comerse los pecados ajenos para que los muertos puedan descansar en paz, aunque luego ella deba cargarlos en su cuerpo como una enfermedad.
El hombre toma el pan y lo arrastra sobre la piel fría y desnuda, rozando apenas el pecho izquierdo. Las migajas caen en el aire mientras el alimento pasa de sus manos a las de ella, mientras recorre el espacio hasta su rostro y termina por fin en su boca.
El sabor a pecado y muerte esta vez le resulta un manjar cuando la verdad acaricia sus labios. El bocado le llena el estómago, no así sus ansias de saber más, y los ojos se posan ahora sobre la jarra de cerveza, la misma que instantes antes fuera apoyada débilmente sobre las manos de la fallecida. Aquel pedazo de carne tendido sobre la cama ya no respira, ya no siente, pero la ahoga de la misma manera que intuye lo hizo años atrás, cuando la desesperación y la necesidad de darle lo mejor a alguien más eran la única prioridad de la devoradora.
Toma la jarra con desesperación, y el frío líquido le raspa la garganta. Duele en su centro, duele y quema aún más cuando el pasado de la muerta viene a ella en fragmentos de memorias, eternos y fugaces a la vez. Y se ve a ella misma cuando aún era una chiquilla, con los ojos azules inundados en miseria, extendiendo con dolor sus brazos hasta entregar al pequeño crío que alguna vez acunó en su vientre. Ve el pedazo de pan y la taza de leche que recibió a cambio. Ve al niño, a su hijo, mecido por otros brazos y alejándose de ella para siempre. Lejos de la pobreza, lejos del hambre.
Abre los ojos, y una lágrima traviesa escapa sin siquiera percibirlo. Eleva la vista y contempla, con dolorosa certeza, al hombre parado junto a ella.
El regocijo se le clava en el pecho y parece asfixiarla, y las manos tiemblan, todavía apoyadas sobre el cristal. Tiemblan y desean con toda el alma poder acunar el pequeño cuerpecito una vez más, pero ese hombre ya no es aquel indefenso bebé. Ya es tarde para ella.
Se pone de pie, tranquila, satisfecha, aunque la felicidad ajena le parta el corazón en dos y, habiendo devorado los pecados de la muerta, se retira del lugar sin emitir palabra alguna. Al cruzar el umbral, cuando el frío vuelve a golpear su cuerpo y aprieta el cuello como si de la propia muerte se tratase, se deja deslizar contra la pared de piedra y, por fin, deja de respirar.

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