Escritores Floridenses: «Máxima, la tía loca» – Antonio Lissio

Supongo que, al momento de buscar nombre para su hija segunda, alguna premonición invadió el cuerpo de la abuela. Llamarla Máxima cuando para la primera eligió un nombre tan dulce como Isabel, podría decirse que adivinaba el carácter que Máxima habría de tener.
Mi tía fue a lo ancho y largo de su vida, lo máximo en personalidad y carácter que puede el “sexo débil” tener. Me tocó en suerte conocerla muy bien, y por fortuna jamás ser el blanco de su desbordante personalidad; quizás porque, según mi madre, yo parecía ser hijo de ella.
Para ello debo remontarme a mis años niños, ocho o nueve tal vez. Yo era el niño de hacer mandados a la carnicería y en ocasiones al boliche grande en el pueblo por ausencia de alguna mercancía en almacenes del barrio y, además, por no pagar el sobreprecio que la tía Máxima aseguraba que tenían.
Con gusto hacía los mandados, tenía como pago dos tabletitas de chocolate Águila, aquel que traía figuritas de un álbum que prometía muchos premios pero que la figurita sellada echaba al suelo nuestras esperanzas de ganar… jamás emboqué una.
Pues bien, Álvarez, el carnicero, alternaba su trabajo con visitas al bar de Sinforoso, y cuando el número de copas lo acosaban, se tornaba en aquel carnicero capaz de meter algún corte de clavo a algún borrego como yo, que nadie me lo decía de frente, pero lo pensaban.
El caso era que decirle borrego a este sobrino, tampoco era moco e’ pavo…
Ese día me metió dos kilos de azotillo por dos kilos de asado que la tía me había pedido.
¿De dónde saberlo yo? No conocía esa palabra y él me aseguró que era el mejor asado, lo llevé confiado… No puedo repetir las palabras de mi tía al verlo, se sacó las alpargatas y poniéndose algo mejor para caminar dijo que iba a devolverlo ¿Qué se creía ese carnicero ladrón? ¡Abusar así de un niño!
―Yo voy tía―, y partí resuelto, me había ofendido y yo era al fin de cuentas sobrino de la tía Máxima.
Tiré el azotillo sobre el mostrador y dije:
―Quiero la plata.
―Te lo cambio ―me respondió.
Yo dije no con la cabeza, visité otro comercio del ramo y mi tía comió el asado que quería, para eso bien que lo pagaba.
Me habrá contagiado la tía cuando me invitó a comer, porque así era ella, de una sola palabra y mirando a los ojos, nunca en la vida la vi proceder de otro modo, tal vez sea por haber compartido ese asado, o el vino casero que hacía de su viña, que siempre me gustó decir “Pedro”, y no tartamudear un Pe pe.
Que cuando a escondidas alguien pueda decir “Antonio, el loco”, me sienta honrado.

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