Escritores Floridenses: Nora García Crucci-«Julio»

Podría contar mi historia como paciente en aquel julio que recuerdo como el más frío de mi vida. Aquel julio en que resbalé en el hielo y terminé con una fractura y operada. Aquel julio que me inmovilizó en una cama de hospital. Aquel julio en que tuve a Flor de Lis como acompañante, la que me cuidó como si yo fuera una niña pequeña, que me calentada la bolsa de agua caliente que ponía debajo del arco, que retiraba la ropa de cama de mis piernas y que me despedía cada noche con un beso en la frente.
Pero hoy recuerdo a otro julio en el que, como casi en toda mi vida, he estado del otro lado del mostrador. Ahora no como paciente.
Si porque aquella fría mañana de julio Berta llegó preguntando por quién estaba de guardia y ese día esa era yo. Así que ese día la conocí. Tendría entonces unos 60 años. De baja estatura, pelo canoso y una melena lacia recta por arriba de sus hombros. Vestía un tapado de paño gris que luego vi muchas veces. Una forma particular de hablar y de sufrir. Apenas la vi, lo primero que me llamó la atención era que sobre el tapado a la altura de sus hombros se veía un puñado de su cabello, que alguien habría arrancado. No obstante, no venía pidiendo ayuda para ella. Venía buscando ayuda para Josué. Sí, Josué se llamaba su hijo, el menor de sus hijos. Josué por el que después de años de buscar ayuda con prestigiosos profesionales nacionales e internacionales había terminado en una colonia para alienados. No había sido posible la convivencia familiar a pesar de todos los tratamientos instituidos.
Ese era un día en que Berta había venido a visitarlo como lo hacía todas las semanas porque nunca se le pasó por la cabeza la idea de abandonarlo. Me impactó tanto aquella frágil figura con esa enorme grandeza por ese amor a toda prueba.
En ese momento supe que me comprometía o me prometía a mí misma a hacer todo lo posible para ayudarla, para ayudarlos. Desde entonces Josué fue un paciente especial.
Aquel día conocí a Josué. Fue difícil retratarlo, tenía unos treinta años, era alto pero encorvado, ojos verdes enormes, rojos de llanto y por momentos de ira, barba crecida y rubia, enorme dificultad para articular palabras, saliva que caía de su boca… Tuve que sobreponerme a esa primera impresión para lograr acercarme. Y ahí estábamos escritorio por medio. Imposible era comprender los sonidos que salían de su boca.
Y entonces se me ocurrió acercarle un papel y lápiz para que se expresara. Por primera vez sus sentimientos eran escuchados.
Ese día comencé a conocer de su enorme sufrimiento y lucha. Así supe del dolor que le causaba no poder contener las impulsiones que le obligaron a agredir a su madre y de su dolor por el dolor de aquella.
Años después Josué comenzó a convivir con su madre en paseos de fin de semana.

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