Me veo sentada en el carro hecho por el abuelo, rodeada de mis nietos. Miro esa foto, veo sus caritas sonriendo despreocupados en una reunión de domingo, los observo y pienso…
Ellos, comenzando el viaje, yo, con la certeza de que quedan pocas estaciones para llegar a destino.
¡Doy gracias a la vida por todo lo que me ha dado! Sí, por todo. También por las lágrimas y los errores que me han enseñado a caminar más segura por la vida, porque en este viaje vamos aprendiendo cada día los secretos de vivir. En realidad, los llevamos muy adentro, pero nos empeñamos en buscarlos afuera.
Le pedimos a la vida la felicidad y no nos damos cuenta que está en nosotros ser felices… ¡Es tan fácil! A veces solo basta con mirar esas caritas sonrientes de quienes tienen todo el camino por recorrer. No tienen miedo, estamos los adultos para sostenerlos, y a medida que vamos llegando nosotros a destino, ellos van madurando y forjando el propio.
Pienso, cómo me gustaría poder evitarles fracasos y sufrimientos, pero todo eso forma parte del viaje, y deben vivirlo con todo, con lo bueno y con lo malo, para que, al llegar al ocaso, como yo, puedan decir “Nada me debes, Vida, estamos en paz”.
Fanny Folgar: Una foto
