Gladys Barnetche: La eterna lucha

El navío deslizándose sobre amargos abismos
Charles Baudelaire
La nave avanzaba subiendo y bajando sobre las olas del mar encrespado, los marineros miraban el horizonte buscando alguna tormenta que el mar embravecido comenzaba a presagiar.
El capitán estaba al timón fumando en una pipa de madera y con el ceño fruncido observaba a sus marineros, todos jóvenes. Algunos quizás en su primer trabajo sobre un navío que se bamboleaba al ritmo de las olas inquietas. No se veían vestigios de tormenta, pero él era un viejo lobo de mar y sabía que las cosas podían cambiar en un abrir y cerrar de ojos.
El atardecer decayó con un rojo sol perdiéndose en el horizonte donde cielo y mar eran uno solo… Llevaban una buena carga de atún y merluza, más calamares. La pesca había sido buena y regresaban a puerto… Pero todo se había quedado en calma y la calma es peor que un mar erizado de olas espumosas. La noche cerró más negra que el ala de un cuervo, en el cielo no había estrellas que brillaran, pero tampoco nubes negras o relámpagos que anunciaran una lejana tempestad.
Los marineros matearon y cenaron entre alguna broma al pasar, pero se notaba la inquietud en todos los rostros lampiños de los jóvenes, futuros marinos que deberían pasar por muchas adversidades para ser un verdadero hombre de mar.
Entendió el capitán que no debió esperar la noche para regresar, debió hacerlo más temprano, pero la emoción de la pesca de los jóvenes también lo llevó a él a retrasar el regreso. Ahora se daba cuenta de su error: esos muchachos no sabían nada de cómo actuar en una tormenta y esperaba que a ninguno le ganará el pánico.
En la madrugada se oyó el primer trueno. El capitán bajó a los camarotes y vio a todos sentados en sus literas, pálidos y asustados. Trató de mantener la calma y les pidió que se pusieran sus equipos de lluvia y arneses para atarse y que el mar no los arrastrara en caso de levantarse viento.
Solo eran seis. Seis chicos en un día de pesca, el comienzo de sus carreras como marineros, aprender a tirar redes con los cebos y recogerlas luego. Ya era tarde para enmendar su error. Había olvidado que el mar era impredecible, que un día de sol podía terminar en algo fatídico.
Les explicó la manera de cuidarse cada uno y todos subieron a cubierta.
Los relámpagos en el mar son aterradores: líneas verticales y horizontales hendían la noche. Todos miraban hipnotizados como si fueran rumbo a un abismo que los tragaría sin piedad. La lluvia comenzó y el mar empezó a oscilar arriba y abajo, en un baile con las olas que embestían los lados del navío.
La lluvia se volvió torrencial, pero el mar se mantenía en el mismo vaivén, arriba y abajo. A los jóvenes el terror los mantenía aferrados a sus amarres, una amarga agonía los sostenía. El capitán ya estaba más tranquilo: no pasaría más allá de eso, el viento había cambiado y la tormenta se alejaba. Suspiró con alivio. Jamás se hubiera perdonado si algo le hubiera pasado a ese pequeño grupo de aspirantes a marineros.
Cuando el navío se estabilizó, todos suspiraron aliviados viendo alejarse y achicarse los relámpagos. Se soltaron de sus amarres y miraron el horizonte y sonrieron con un dejo de amargura. El abismo ya no estaba, aunque el negro mar lo pareciera, tragados en la oscuridad, con solo una luz sobre la cabina que apenas iluminaba un círculo sobre la nave. Tranquilos ya, cada uno volvió a su litera. En el camarote, el capitán se puso a escribir la pequeña odisea que los jóvenes acababan de vivir, una pequeña aventura de las grandes que tendrían que aprender a sobrevivir cuando fueran marinos experimentados. El mar es un mal enemigo que enfrenta a lo peor que un hombre puede soportar desde tormentas pequeñas a grandes y horripilantes maremotos, huracanes…
Esto solo era el comienzo…el abismo siempre estaría allí esperándolos… desafiándolos…
La eterna lucha del hombre y el mar…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *