Gladys Gil: Amigas fieles

Magdalena vivía alejada de la ciudad; tenía varios animales, vacas, caballos, cabras y hasta un gran gallinero con gallinas y gansos que ella misma había construido con sus nidos y un techito en un costado para cuando llovía. Su fiel compañera Ruperta, la perra, la acompañaba en todas sus tareas.
Ella sola crio a sus hijos, Raúl y Manuela. Ahora estaban estudiando en facultad e iban poco al campo y la madre les enviaba dinero y comida para que no les faltara nada.
Un día llegó su amiga querida Vicenta. Días antes había visto a los hijos de Magdalena y no le gustó mucho lo que vio. La halló tan triste que no quiso comentarle nada.
Pasó el tiempo y los hijos de su amiga la visitaron. La maltrataron y la obligaron a robar dinero para sus fiestas con bebidas y drogas.
Ignorante de todo, Magdalena le agradeció en una carta a su amiga por haberlos recibido y ayudado, según le habían dicho los hijos.
Vicenta siguió callada. No quería disgustarla. Sabía todo lo que había trabajado y sus escasos ahorros que guardaba en su casa, a fuerza de muchos sacrificios para asegurarse una vejez digna.
Era la única que sabía dónde guardaba su dinero la amiga y decidió hacer algo por ella: fue a visitarla y mientras Magdalena juntaba huevos para cocinar, tomó el dinero y se lo llevó para su casa donde lo guardó muy bien.
Los hijos fueron a visitar a Magdalena con el propósito de llevarse su dinero. Grande fue la sorpresa cuando no lo encontraron. La enfrentaron y ella no daba crédito a lo que escuchaba:
—¿Dónde está la plata que tenías guardada?
—No lo sé. ¿Así que vinieron solo para llevarse el dinero? No vinieron por mí.
—Por supuesto que lo que queremos es el dinero, ¿Acaso tu amiga no te dijo que la visitamos para pedirle plata?
—Mi amiga no me contó nada. Mejor así, ¿En qué gastaron el dinero?
—En fiestas. Somos jóvenes y tenemos que disfrutar. Y ya salí de mi camino que me llevo el televisor para venderlo.
—¿Pero en qué gastaron el dinero que les envié?
—Correte, vieja. No vamos a venir más. Total, no te interesa en qué gastamos.
De un empujón la tiraron al suelo y se fueron. Cuando pudo levantarse llamó a su amiga:
—¡Vicenta! Jamás imaginé lo que mis propios hijos me hicieron. Buscaban mi dinero y como no le encontraron, me maltrataron, me tiraron al suelo y me dijeron que no vendrían más.
—Amiga querida, voy para allá a hacerte compañía.
—¡Ay, Vicenta! ¡Si no te tuviera, que sería de mí!
Llora Magdalena por sus hijos y por el dinero que era todo lo que tenía para dejar de trabajar tanto. Entonces Vicenta, fiel amiga, le habla:
—Antes que a ti, me golpearon a mí y me obligaron a robar para ellos. Entonces pensé “A mi querida amiga no le van a hacer lo mismo”. Retiré tu dinero y lo guardé todo este tiempo para que no se lo dieras para gastarlo en fiestas, en drogas. Nunca estudiaron.
—¡Ay, Vicenta! Sabía que eras mi amiga, pero nunca pensé que pudieras hacer tanto. Sufrir por mí, robar por mí. ¡Amiga fiel y cómplice de un secreto que me salvó y afirmó nuestra amistad!

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