Un verdadero ícono de nuestra patria y del proceso independentista es la Virgen de los Treinta y Tres. Contemplar esa pequeña talla es repasar la historia de nuestra tierra y de la región. Ella manifiesta el destacado papel en medio de los Treinta y Tres Orientales, de los que recibe su nombre, y evoca los inicios de nuestra nacionalidad. Precisamente por ello, esta advocación también está cumpliendo 200 años
La imagen que veneramos viene desde el fondo de nuestra cultura hispano-guaranítica. Los indios guaraníes le dieron forma, la raza gaucha la conservó y le dio culto, y en medio de las turbulencias, cuando se fraguó la Patria Oriental, se pusieron a sus pies los representantes de la Patria Vieja. Ella es un invalorable recuerdo de fe y patriotismo, porque es un pedazo de nuestra historia que define nuestra vida.
Las aspiraciones de Artigas, la semilla de libertad sembrada en sus batallas, éxitos, derrotas y silencio, tuvieron eco en aquellos Treinta y Tres hombres que, luego de su desembarco en la Agraciada, el 19 de abril de 1825, para dar comienzo a las guerras de la independencia, llegados a Florida, se inclinaron reverentes, depositando ante el maternal amparo de la Virgen sus ansias de libertad; por eso hoy el pueblo la reconoce y le canta “capitana y guía de los Treinta y Tres”. Si en ese momento estos hombres adoran a Dios, veneran a la Virgen y le presentan su bandera, era porque veían en ella el símbolo de la libertad plena y por tanto no podía estar ajena a las luchas para conseguir la liberación de todo lo que oprimía a nuestro territorio.
Transcurridos los días, el 25 de agosto de 1825, sucedió algo similar, porque en aquella jornada señalada para nuestra patria en sus albores, la fe se hermanaba con la vida y con la auténtica libertad de esta tierra oriental. Al proclamarse la Independencia Nacional, los constituyentes, después de firmar el acta de la soberanía, comparecieron ante la sagrada imagen para colocar la patria naciente bajo su amparo y protección. La “Fundadora” de la Villa de San Fernando de la Florida, en 1825 vio a los Treinta y Tres Orientales con la bandera tricolor, al gobierno provisorio y a la asamblea que declara nuestra independencia, postrarse ante sus pies.
La “Libertadora” del Uruguay, que desde 1857 porta una corona de oro y piedras preciosas, regalo del segundo jefe de los Treinta y Tres, y luego Presidente de la República, Manuel Oribe, representa una figura, un nombre y una historia que forma parte del imaginario del pueblo uruguayo. Como lo expresara el Papa san Juan Pablo II en su visita a Florida en 1988, ella es “un memorial de la historia de cada uno de los uruguayos, de cada familia, del Uruguay entero”.
Es la “Madre” de nuestra patria, que en su permanencia solidifica los orígenes culturales, raciales e históricos del Uruguay. En esta barroca escultura de la Asunción de la Virgen, se unen dos motivos, uno histórico y el otro religioso; Dios y la patria son dos sentimientos que ennoblecen el alma de un pueblo. Bajo la protección de María, la Agraciada, la elegida por Dios, la “estrella del alba”, comenzamos a ser libres, no podemos, por tanto, contemplarla sin amarla y no podemos amarla sin amar a Dios, a nuestra tierra, a nuestras tradiciones y a nuestros héroes.
Pbro. Dr. Gabriel González Merlano