Lo que está pasando con las motos en la ciudad ya dejó de ser un problema aislado o “una molestia más”.
Se transformó en un fenómeno cotidiano que se repite a cualquier hora, en cualquier barrio, y que cada vez genera más indignación entre vecinos que sienten que la calle quedó liberada para el que hace más ruido, corre más rápido o se cree dueño del tránsito. Y si hay un lugar donde esto se nota con especial fuerza, ese es el Prado de La Pied4ra Alta y sus zonas aledañas, un punto que debería ser de paseo, tranquilidad y convivencia, pero que en muchas ocasiones termina siendo escenario de aceleradas, escapes libres y maniobras que ponen en riesgo a todo el mundo.
Porque no se trata solamente del ruido, aunque el ruido ya es suficiente para alterar la vida diaria. Se trata del comportamiento: motos que aparecen de la nada, que se cruzan entre autos, que circulan pegadas al cordón, que pasan en rojo, que doblan sin mirar, que se meten por cualquier espacio como si las normas fueran opcionales. Y lo más preocupante es que se volvió tan frecuente que parece que algunos ya lo toman como algo normal, como si fuera parte del paisaje urbano. Pero no lo es. No debería serlo.
En la ciudad, cada vez son más los vecinos que describen la misma escena: una moto que pasa a toda velocidad por una calle donde hay familias, niños, adultos mayores, gente caminando o cruzando. Una moto que no respeta el “ceda el paso”, que no frena en una esquina, que invade la senda peatonal, que se mete por la derecha cuando no corresponde, que se adelanta donde no hay espacio. Y lo peor es esa sensación de impunidad, de que nadie controla y de que todo puede seguir igual hasta que ocurra una tragedia.
En el Prado, el problema se siente todavía más fuerte porque es una zona donde la gente busca justamente lo contrario: caminar, sentarse, disfrutar del aire libre, salir en familia. Sin embargo, en lugar de ser un lugar de descanso, muchas veces termina siendo un punto de tensión. Hay vecinos que cuentan que no se puede estar tranquilo ni un rato, porque en cualquier momento aparece el estruendo de un escape modificado, una acelerada exagerada o una moto que pasa como si estuviera en una pista. ¿Qué clase de convivencia es esa? ¿Qué tipo de ciudad estamos construyendo si un paseo público termina secuestrado por la imprudencia y el ruido?
Y acá hay que decirlo con todas las letras: no es solo un tema de motos, es un tema de conductores. Porque hay motos que circulan correctamente, con respeto, con casco, con luces, con precaución. Pero también hay una parte —y lamentablemente se nota mucho— que se comporta como si el tránsito fuera un juego, como si el riesgo fuera una demostración de “valentía” y como si molestar a los demás fuera una especie de diversión. Ese es el punto que enoja, porque no es ignorancia: es desprecio por el otro.
El ruido merece un capítulo aparte. Porque no estamos hablando de un sonido normal de motor. Estamos hablando de motos con escapes que parecen diseñados para reventar los oídos, para llamar la atención, para provocar. A cualquier hora: temprano en la mañana, en plena siesta, de noche, de madrugada. El resultado es el mismo: gente que no puede descansar, bebés que se despiertan, adultos mayores que se alteran, trabajadores que intentan dormir para levantarse temprano, familias que se cansan de vivir con sobresaltos. Y todo porque a alguien se le ocurre que hacer explotar el ruido en la calle es parte de su identidad.
Lo más indignante es que este no es un tema nuevo. Es recurrente, repetido, denunciado, conversado mil veces. Se escucha en la boca de los vecinos, en los comercios, en las reuniones familiares, en los barrios. La gente ya no habla de “un caso puntual”, habla de “otra vez lo mismo”. Y cuando un problema se vuelve repetitivo, lo que se espera es una respuesta: más controles, más presencia, más sanciones, más prevención. Porque cuando no pasa nada, el mensaje que se transmite es peligroso: “hacé lo que quieras, total no pasa nada”.
La imprudencia de algunos motociclistas no solo molesta: pone en riesgo vidas. Porque no hay que ser experto para entenderlo. Una moto que pasa a alta velocidad por una calle urbana no solo arriesga al conductor: arriesga al peatón que cruza, al ciclista que circula, al auto que intenta doblar, a la familia que camina por una vereda. Y cuando ocurre un choque, no hay vuelta atrás. No hay “perdón” que devuelva la tranquilidad ni reparación que borre el daño. Por eso es tan incomprensible que se siga permitiendo esta conducta como si fuera un detalle menor.
También hay un problema evidente de convivencia: motos que suben a veredas, que se estacionan donde no corresponde, que pasan por lugares donde hay gente caminando. Y ni hablar cuando se circula en grupo, en “bandadas”, con aceleradas y maniobras coordinadas que parecen hechas para imponer presencia. Esa actitud no solo es peligrosa, es intimidante. La calle no puede convertirse en un lugar donde el ciudadano común se sienta inseguro simplemente por salir a caminar.
Y sí, también hay que hablar del casco, de las luces, de la documentación, del estado de los vehículos. Porque muchas veces se ven motos sin las condiciones mínimas, circulando como si fuera lo mismo. Y no lo es. Cada falta suma riesgo. Cada imprudencia suma tensión. Cada segundo de irresponsabilidad puede terminar en tragedia.
El Prado merece especial atención. Porque es un espacio emblemático, un punto de encuentro, un lugar que debería estar protegido y cuidado. No puede ser que un paseo que debería representar tranquilidad se convierta en un escenario donde la gente vive mirando hacia los costados, esperando el próximo ruido o la próxima maniobra temeraria. No puede ser que la ciudad naturalice esto.
La solución no es “acostumbrarse”. La solución no es resignarse. La solución no es mirar para otro lado. Porque si este tema es recurrente, es porque está creciendo y porque está afectando la calidad de vida de cientos de personas. Y cuando un problema afecta la vida cotidiana, el descanso, la seguridad y la convivencia, ya no es una simple queja: es una señal de alarma.
La ciudad necesita orden. Necesita respeto. Necesita controles reales. Necesita sanciones para los que rompen las reglas y ponen en riesgo a todos. Y también necesita un cambio cultural: entender que la calle no es un circuito de carreras y que el ruido no es una demostración de poder, sino una falta total de consideración.
Mientras tanto, los vecinos siguen viviendo la misma historia, día tras día: motos que aceleran, que molestan, que se cruzan, que desafían las normas. Y la pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo?
Redacción de Cambios
