Encontré un viejo cuaderno donde hace muchos años había escrito lo siguiente: Amado Dios, te doy gracia por estos cuatro tesoros.
Tú sabes que son mis hijos y sabes que los adoro.
Y hoy agrego: ¿cómo no estoy orgullosa de mis hijos? ¿cómo no amarlos más que a nada en el mundo si nos han dado alegrías, apoyo, compañerismo?
Primero con diferencia de un año y meses llegaron las dos niñas. Traviesas inquietas, sanas e inteligentes. Las dos, inclinadas hacia lo espiritual, hacen diferentes terapias. Nos han regalado cinco nietos, dos de la mayor y tres de la más chica.
Después de cuatro años, y también con diferencia de un año y meses, llegaron los varones. También muchachos traviesos y divertidos. Luchadores por cumplir sus sueños hasta lograrlos.
De chicos los cuatro fueron muy unidos; más que hermanos, buenos amigos.
En las tardecitas nos reuníamos a conversar desde niños. Aprendieron a confiar y así hemos sido y somos unidos y el problema de uno es el problema de todos.
El más chico nos ha regalado una nieta hermosa y un nieto de corazón que nos adoptó como suyos.
El mayor, con apenas treinta años, nos dejó una mañana de mayo cuando nuestro cielo se cubrió de gris y ante una noticia incomprensible: el corazón de mi hijo se había roto y se había detenido.
Hace cuatro años y tuvimos que aceptarlo.
Pero nos dejó su enseñanza, su lucha por superarse. Fue el chofer de sus sueños.
Nos dejó su alegría, sus cantos, sus cuentos únicos (tenía mucha gracia).
Ahí quedamos sus papás y sus hermanos. Con la misma unión y con mucha fuerza porque la vida es eso: una de cal y una de arena.
Así son mis hijos, fuertes y aguerridos, luchadores y humildes y, sobre todo, son nuestros mejores amigos.
Marita Rossi: Nuestros hijos
