Araceli Faggiani: Tres fotos

Caía un diluvio -más o menos-. Llovió por varios días y con mucha fuerza. Arrasó con todo lo que había, entre ello, una familia. La niña, pequeña aún, observaba todo con ojos asombrados. La presencia de la muerte en esa familia que consideraba suya, la muerte de su “mama” aunque sabía que no lo era. Se asía con fuerza a un pequeño bulto con todas sus pertenencias y a unas fotos, tres, que alguien le había dado y esperaba. Le parecía en algún rincón de sus recuerdos haber vivido algo igual. A sus casi ocho años solo tenía una visión borrosa de estar subida sobre un aljibe -tan pequeña- sostenida por alguien que le explicaba que “tu madre está allá, en aquella estrella” y su mano estirada hacia ella. A partir de ahí jamás miraba el cielo de noche. Ahora, en esa tarde lluviosa le sucedía algo igual. Con cara seria tomó la mano que le estiraban y marchó. Nadie le explicó nada y ella no preguntó. No es fácil definir la soledad de un niño, va más allá de aprender solo el peligro, de tomar la mayoría de las decisiones y equivocarse casi siempre, y aprender. De saber temprano el secreto de los Reyes Magos -porque dinero no había- y aprender. De salir solo casi siempre, recorrer montes y calles y aprender. De no reconocer la urgencia del hambre, y aprender, ni del frío y aprender. De no llorar nunca porque no sirve de nada y aprender. De no ocultar las verdades, como los adultos, y aprender -más o menos- a diferenciar el mal del bien -tarde- y aprender. Tener los ojos abiertos y no poder ver. Esperar. Siempre esperar; la esperanza la mantiene con vida, y la mano de Dios que cae como un rayo – ¿enojado?- de tantos abandonos, y la mano amorosa, cálida, generosa que la hizo renacer. Eso encontró. En tanto iba en un viejo tren miraba sus fotos, le dijeron que eran sus padres y ella. Un hombre elegante en una de ellas, en una bella casa, una mujer hermosa, risueña, en otra y una niña de vestido blanco con sombrero al sol en la última. Jamás lo reconoció; en ellas era todo demasiado bello para ser verdad, pero igual las guardó. El cariño verdadero que tan generosamente le prodigaron, y el tiempo, la ayudaron a recobrar la risa aunque no el llanto. Solía reír porque sí, o cuando leía. Ahora pudo leer, porque conoció los libros que nunca había tenido y de los cuales no se separó más. Y cuando reía leyendo, la miraban con inquietud. “Es muy cómico”, solía decir. Y en un cajón encontraba, de tanto en tanto, las fotos sepias que seguía sin reconocer. Transcurrió parte de su vida mirando a los niños y, cuando los veía desvalidos, les regalaba lo que tenía: lápices, cartucheras y hasta un par de caravanas que llevaba a una niña. “¿Por qué?” le preguntaban, “Porque no tenía”, contestaba. El devenir del tiempo la llevó de visita a un lejano pueblito de la montaña italiana, la casa solariega de sus abuelos. ¿Quién lo diría? Se agolpó tanta gente, toda familia, tíos, primos y sus hijos para verla y le mostraron una foto gastada por los años, la de la niña que casi había olvidado. “Sí, sí, soy yo”, dijo y, en el mismo instante, rompió a llorar interminablemente frente a todos ellos.

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