Norma Hernández: Hamacas

Salimos al patio de la casa, ya tarde. Era marzo. Todavía hacía mucho calor. Pilar aburrida de estar tantas horas adentro correteaba de un lado a otro siempre alegre y juguetona. En contacto con la naturaleza, ella se entretiene con todo: flores, ramas, piedritas, arena y, sobre todo, con agua (más aún en este tiempo que tiene «canilla libre»). Yo me sentía pesada por el clima, me tiré en la hamaca paraguaya con un libro de Onetti. Ya había leído «La novia robada». Me impresionó mucho ese cuento y pensando en él, cerré los ojos. El sol estaba fuerte. Meciéndome suavemente me fui adormeciendo. Pilar, en su mundo de cinco años, imagina historias y personajes y le gusta que, juntas, las vivamos a su manera. Sigue jugando con sus perras, corretea a las palomas que casi cree tocar, se sienta en su hamaca, se hamaca muy alto, sentada, parada, canta, habla, habla y dice: «Estoy volando. Voy a volar hasta la casa abandonada y sacaré el tul del ventanal y será mi vestido de novia y mi velo». Corre por el bosque de pinos y el vestido se ensucia y se engancha en las ramas, se desgarra y ella sigue corriendo y cantando: «Soy una novia feliz», hasta que cae. El grito y el golpe me despiertan. -¡Abuela, te dormiste y no me viste tirar a la piscina!

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