Antonio Lissio: Gaucho

¡La pucha!
En la vida es todo como el dicho del albañil: una de cal, una de arena.
Aminoré la marcha, miré a la colonia, no con pena, no con bronca, ¡no!, era otro el sentimiento, disculpen, pero en palabras no debo expresarlo.
Lo veo al Corbata, clarito, acosado, miedoso, la cola caída, oteando el aire, esquivando frenéticos autos, nadando a veces, huyendo en estampidas otras, pero cada vez más cerca de su amigo, hasta llegar y medio muerto, tirarse a sus pies.
¿No es esa la definición de amigo? No creo que haya una mejor.
Sí, en mis pagos el perro es uno de los dos amigos del hombre; el otro, el caballo, el caballo que el gaucho prefiere, el que usa unas veces para divertirse a lo grande (o, mejor dicho, a lo gaucho). Lo talonea en sortijas, lo chirlea de lo lindo en cuadreras, lo revienta en los raídes, le raja el cuero espueleando para lucirse en jineteadas, y, cuando por no agachar el lomo en un simple trabajo, colabora a llenar un camión de hacienda, con uno de sus dos amigos, ahora, rumbo al matadero.
Entonces, si el Corbata era la arena, la cal fue el camión lleno de caballos, que en el peaje de la ruta 11, me antecedía.
Treinta cabezas curiosas girando de un lado a otro, el brillo de treinta pares de ojos, que se clavaban en mí, con mil preguntas a la vez. ¿Adónde?, ¿Por qué?, ¿Qué hice? Y yo sabiendo todas las respuestas, soportando un silencio cómplice y lavándome las manos, “Yo no fui”. Mas, ¿acaso no soy también culpable al soportar estos desmanes, inventados por turbias mentes, de seres que, tras un disfraz de gaucho, lucran con la vida de su mejor amigo?
No, estos no son gauchos. Simplemente no son nada, un nada grande como un país.
Días más tarde, en una de mis frecuentes caminatas, pienso que sería como siempre en mí, la de cal, o la de arena. El caso fue que mis pasos me llevaron por el campito de Raúl. Ya lo conocía: apenas un par de cuadras, con un tajamar, tres o cuatro molles, y un tordillo, o lo que los años van dejando de él.
Parado, casi despatarrado, con ese bastón que la vida le tira, pasto, ya no come, se le fueron los dientes, en un galope que él ya no puede emparejar. Eso sí, a este tordillo le tocó en suerte un amigo, uno verdadero, uno que lo hizo, sí, tirar de un carro o una rastra, pero uno que hasta hoy, ya inútil, envarado, lo visita a diario, con un morral lleno de granos, palmeándole el pescuezo como dándole fuerzas, le secretea despacio vaya a saber qué cuentos.
Hoy al pasar, miré hacia el campo, y allí estaba, tal vez un remolino lo encontró mal parado, y le robó su tranco y su galope, pero allí está, ya se le van los pelos de sus ancas, en un tiempo quizás sus costillas brillen al sol, salvando la tradición de alguna divisa ya desmerecida.
Eso sí, tordillo viejo, moriste en tu ley, tuviste en suerte ser amigo de un gaucho, un gaucho que jamás lució cinto, bombachas y espuelas, un gaucho que nunca emuló una cruz, atravesando a la cintura la chafalonía de un plateado cuchillo, pero te tocó en suerte un verdadero amigo, un auténtico gaucho.

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