• 7 de octubre de 2022

Araceli Faggiani: El arcón de las palabras

Ago 19, 2022

Los poetas andaban en busca de palabras que no conocían
Eduardo Galeano
Cuentan los aldeanos que existía en los bosques, en lo más profundo de ellos, un extraño pueblo. Hacía tanto tiempo de lo ocurrido que nadie podía relatarlo bien.
Se hilvanaban y deshilvanaban historias, de generación en generación.
Algunos referían que eran esclavos evadidos de sus tormentos que cada vez se internaban más dentro del territorio en busca de libertad. Luego de atravesar ríos y arroyos, honduras y montañas y, tras intensas penurias, lo lograban.
Otros relataban que los conquistadores en busca de nuevas civilizaciones penetraban cada vez más en la maraña tupida de árboles sin hallar el retorno.
También hablaban de la existencia –anterior aun a todo ello- de un pueblo de amazonas, que eran muy bellas y aguerridas y moraban en un extenso valle más allá de la vegetación, en un sitio hermoso donde las aguas como dedos mágicos se deslizaban en una extensa catarata.
Remontándose más atrás en el tiempo, contaban la existencia de hombres gigantes -cual efebos divinos- que tenían el poder del trueno y de la luz…
Toda esa extraña combinación tenía, no obstante, un rasgo en común: no poseían el don de la palabra. No se sabía muy bien cómo lograban comunicarse. Imaginaban algunos que era a través de las miradas, que telepáticamente, que por señas.
Y así evolucionaban con lentitud.
Bellas mujeres de ojos claros, mulatas erguidas, de sinigual figura y gran estatura, morenos de pelo carbón y blancos apolíneos se relacionaban entre sí mágicamente, año tras año, siglo tras siglo.
Hasta que un día, un gran mulato de ojos tiernos y sonrisa permanente descubrió junto al río un extraño objeto, un arcón brillando como el sol en los más bellos días de estío cual luz celestial.
Sorprendido, curioso, abrió sus siete cerraduras, una tras otra, lentamente y con dificultad, y para su sorpresa, comenzó a emitir extraños sonidos, sin saber muy bien qué ocurría.
A cuantos se acercaban a instancias suyas, les ocurrió lo mismo: una sonatina, una catarata melódica surgía de ahí. Bellas palabras que enamoraban a las mujeres, que descubrían el tesoro de la naturaleza, señalaban a las aves que iniciaban vuelo, a las nubes terrosas, azules y doradas, al espejo de sol en el río, a la canción del agua y de la lluvia, a la suave brisa y al viento que trae tempestades y a los términos del bien y del mal.
Rápidamente evolucionó el poblado.
Surgieron así los contadores de historias que las llevaban de pueblo en pueblo y los que, luego, las escribieron.
Dicen que los escribientes de todo el mundo buscan aún la ruta del mismo tras la palabra perfecta en los recodos del tiempo, y la hallan.
El arcón permanece ahí, eternamente.

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