Magdalena era una lavandera, una mujer de lucha, alguien que vivó bajo el castigo y la ignorancia. Para ella no primaba la alegría. Aun así, siempre vivió para dar.
En los días gélidos de invierno, se iba con los bolsones de ropa sucia que le traían de distintas estancias. Allí, tras refregar blancas e inmensas sábanas, las esparcía sobre el pasto para empezar a regar de tanto en tanto -según decía- para blanquear aún más de lo que sus pequeñas pero fuertes manos podían hacer.
Después seguía vaciando las bolsas donde venía de todo y así sucesivamente para llenar los alambrados, cuadras y cuadras en aquel camino que conducía hasta el manantial de agua dulce y donde el viento se hacía sentir.
¡Pobre Magdalena! Siempre con sus polleras y el delantal, con un bucito y un saquito de lana y con unas botas cortas, con la nariz colorada, el pelo canoso entreverado pues el viento no tenía reparo en castigarla.
Nunca se escuchó de su boca un lamento. Solo charlaba y charlaba por de más con todo el pueblo y siempre dispuesta a dar, lo poco que tenía compartía.
Hasta que llegó un día en que se jubiló, pero el tiempo ya había hecho estragos en su salud y, poco después se murió, así, sin reclamar nada y agradeciendo solamente los poquitos momentos de felicidad que había vivido.
Quizás hoy ya nadie se acuerde de ella, pero fue un ejemplo que para mí no tiene olvido.
Escritores Floridenses: «Magdalena» – Marita Rossi
