Mi padrino me contó muchas cosas de viajes, siempre pasando entre los campos, sintiendo el tamaño del mundo en el perfume del monte, en los arroyos, que dan ganas de ser feliz.
Fabián Severo
-Julia, Julia, ¡despierta, hija! Vamos, vamos que se hace tarde.
La niña con los ojos entrecerrados preguntó:
-¿Qué pasa, mamá?
Era muy temprano, apenas se veían las primeras luces del día. Julia trataba de reincorporarse de la cama con movimientos torpes, se restregaba los ojos y recorría la habitación con su mirada, tratando de ubicarse.
-¡Vístete rápido! —fue la única respuesta de su mamá.
Mientras la madre iba de un lado a otro, apurada, preparando los últimos detalles para el viaje, ella seguía allí tratando de terminar de despertarse, sin entender mucho todavía hasta que su madre dijo:
-¿No quieres ir, niña? ¡Vamos a perder el tren!
-EI tren? ¿Para dónde vamos, mamá?
-A visitar a tus primos, unos días.
Ahora sí, abrió sus ojos bien grandes y saltó de la cama e increpó a su madre:
-¿Por qué no me dijiste anoche, mamá?
-Porque no nos dejas dormir, Julia.
Era un torbellino ahora, buscaba entre sus juguetes a Lola, su muñeca preferida. Mientras, pensaba que su madre tenía razón pues era tanta la alegría de viajar con ellos en tren que el corazón le palpitaba fuerte y se despertaba a cada rato para preguntar la hora.
¡Cuánta emoción le significaba salir de su casa con los primeros albores del día, hacer planes con sus hermanos, caminar cargados de bolsos hasta la vieja estación y esperar en el andén la llegada del tren!
Mientras su padre sacaba los boletos, ellos corrían de un lado a otro hasta que su madre los reprendía y les daba la orden de sentarse quietos en aquellos gastados bancos. En esa espera, los minutos les parecían horas hasta que se oía el sonido de la locomotora acercándose lentamente. Entonces sus padres los tomaban de la mano con firmeza y los ayudaban a subir. Una vez allí, se sentaban mirándose de frente, con una mesa de por medio y se peleaban por ir contra la ventanilla, hasta que su mamá daba la orden de ir un rato cada uno en ese lugar.
Al escucharse el silbato del guarda, todo se aquietaba y la gran mole de hierro comenzaba a desplazarse por la vía con un rugido de motor inconfundible. La velocidad del tren iba en aumento, entonces Julia sentía el aire fresco de la mañana en su rostro, en su torso y aunque sabía que no podía sacar la cabeza para afuera, se acercaba tanto a la ventanilla abierta, que su cabello le golpeaba en la cara de una manera inolvidable.
Era tan feliz observando el paisaje que pasaba ligerito frente a sus ojos, viendo los corderitos, las ovejas y cuanto animalito anduviera que, asustados por el ruido del tren, corrían con miedo. ¡Cuánta emoción le provocaba ir zigzagueando entre colinas y llanos y un poco de todas direcciones!
Ella cerraba los ojos y se entregaba a todas esas sensaciones con todos los sentidos: el aroma del campo y de la tierra húmeda, el sonido de las ruedas sobre las vías hasta que oía el silbato del guarda anunciando la llegada a alguna estación que la sacaba de ese ensueño. Esas horas de viaje eran un deleite para su alma infantil, eran una invitación a soñar y disfrutar hasta que se escuchaba la voz fuerte del guarda:
-Próxima parada, Montecoral.
Y ahí, se terminaba la magia
Escritores Floridenses: «Sintiendo el tamaño del mundo» – María Julia Scabino
