Escritores Floridenses: «Emblemático regalo» – Anahí Vidal

Cualquiera podría decir que Alberto era simpático, elocuente, comprador, pero más que eso… era realmente genial en sus ocurrencias, tanto que en el pueblo se solía contar persistentemente una de sus andanzas. Algunos dicen que no es verdad, pero los que lo conocieron, están seguros de que la anécdota es cierta.
Sucedió allá más o menos por la década de 1950, ocasión en que Alberto se había anotado en 4° año del Liceo Departamental de Florida, luego de un año sabático que se había tomado con la intención de trabajar, pero que al final lo único que había podido concretar había sido la changa (sin retribución) de ayudar a su progenitor en la quinta familiar que tenían en el fondo.
Provenía de una familia común formada por un padre ferroviario, una madre ama de casa y dos hermanos (varón y mujer) mayores que él. Por ser el más chico, era el más consentido y lo seguía siendo aún con diecisiete años.
Las malas lenguas opinaban que había vuelto al Liceo solamente para conseguir novias. Tal vez fuera cierto, pero igualmente sus calificaciones eran bastante buenas gracias a su innato don de la palabra que era su orgullo, y porque “si lo dejabas hablar, te vendía un buzón”.
Por esa época, al entrar el profesor al salón, los alumnos inmediatamente se ponían de pie, y ni qué hablar si era el Director quien ingresaba.
Todos, sin excepción, vestían de uniforme: la tradicional campera gris de paño y la corbata del Liceo, mientras que el color de la camisa era libre, lo mismo que el del pantalón. En eso Alberto era el número uno ya que siempre iba “de punto en blanco”, por obvios motivos.
Era muy popular, le gustaba cantar, participaba en grupos de teatro y bailaba muy bien. “¡Qué figurín!” dirían en su época. Los compañeros de la clase siempre estaban esperando sus ocurrencias para reírse, las que eran realmente creativas, tanto que algunos docentes optaban por no reprenderlo y en el fondo celebrar a la par de los alumnos; tal era el caso de Alzati, el profesor de Historia. Sin embargo, Alberto sabía con quién podía “hacerse el vivo”. Nunca en la vida osaría meterse con el vasco Irigaray, o con Joaquín Pau, y menos con la de Francés, Mademoiselle Odette, que con su Bonjour la classe al iniciar cada jornada educativa parecía simpática y accesible, pero tenía un carácter tan fuerte que nadie se atrevía a mover un músculo en su presencia, salvo para decir S’il vous plaît.
Una sola vez se había atrevido Alberto a esbozar un chiste ante el de Matemáticas, don Bernardino Dos Santos, pero calculó mal, y para su desgracia pronto terminó en la Dirección, y encima suspendido. ¡Eso fue lo peor de lo peor! El director Arruti le dio tal sermón de una hora que después salió del lugar derechito, sin chistar, dispuesto a ser el mejor estudiante, cosa que olvidó en cuanto su chispa natural se le encendió nuevamente adentro.
Con motivo de tender lazos fraternos entre Argentina y Uruguay, ese año el grupo de Alberto fue invitado a visitar Buenos Aires, por parte del jefe de gobierno de esa ciudad. Ahí comenzaron a desarrollarse los sucesos tan famosos y comentados. Los acompañaron la profesora de Inglés, Nenetta Tubino, y el vasco Irigaray, magistral docente, odontólogo él, que deleitaba y se deleitaba como nadie dando clases de Ciencias Naturales.
Tanto profesores como alumnos disfrutaron enormemente de la ocasión. Al llegar el último día fueron invitados al patio central de la Jefatura de Gobierno Porteño, en donde el jerarca máximo en persona otorgó varios obsequios para la institución educativa visitante. Cuando llegó el momento de retribuir el gesto Nenetta se puso pálida primero, y roja después: ¡no se había acordado del regalo!
No obstante Alberto, habiéndose percatado del olvido de la profesora, con cierta solemnidad estudiada, salió de la última fila en la que estaba, y dirigiéndose al anfitrión, emitió un discurso digno de un gran orador, a la vez que presentaba el obsequio del grupo liceal como “un trozo de la Piedra Alta, lugar en que se proclamó la Independencia de nuestra patria”.
Todos aplaudieron, de un lado los honrados y del otro los aliviados. La más sorprendida fue Nenetta, que abrazó a Alberto como si la hubiera salvado de la horca, en tanto el Vasco, que no podía creer lo que veía, dejó de lado su “olfato clínico” que le decía que aquello era raro, y ovacionó efusivamente hasta que le dolieron las palmas de las manos.
Al salir del edificio, solo por curiosidad Nenetta le preguntó a Alberto:
-¿Cómo se te ocurrió traer un pedazo de la Piedra Alta?
El muchacho, echando orgullosamente su pecho hacia adelante, le contestó riendo:
-¡No, profesora, no lo traje! Cuando me di cuenta de que no teníamos regalo, pensé… y lo único que se me ocurrió fue ir hasta el cantero que tenía al lado y agarrar una de las piedras que estaban contra un arbusto… solo se me ocurrió eso… pero salió bien ¿no?
Nadie sabe cómo se filtró la información, porque Alberto juró y perjuró que no había dicho nada, aunque conociéndolo bien… todos se imaginaron quién fue.

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