Escritores Floridenses: «Recuerdos de un viaje en tren» – Nancy Pombo

Me desperté con un día primaveral pensando que debía apresurarme pues el coche a motor pasaba a las seis de la mañana. Me dije: “Nancita, déjate de maquillarte, el G͟ans está cerca, oigo su bocina en la lejanía”. Salí corriendo para alcanzarlo y subirme en el último coche. El guarda me esperaba, me conocía de todos los días, no daba el pito de salida hasta ver que tenía un pie dentro del coche. Buena gente, trabajadora como yo.
El salón iba lleno de pasajeros somnolientos, típico de quienes madrugan para hacer un largo viaje. Miré para todos lados, finalmente encontré ubicación al lado de una ventanilla. Mis compañeros de viaje, los de siempre, bagayeros, gente de campo, gente que venía del hospital de la capital, docentes en su gran mayoría, algún acordeonista para amenizar el largo viaje hasta Melo.
El paisaje, si bien era bonito, para mí era monótono, campo, piedra, ganado, pequeñas islas de árboles para darles refugio al ganado, algún que otro arroyito y el nacimiento del Santa Lucía allá por Illescas. Yo viajaba a Nico Pérez.
Todo transcurría con tranquilidad, el vaivén familiar del coche, su ruido metálico… Nos acercamos a un cruce ferroviario. Vi que se acercaba un camión de un mayorista que siempre pasaba los días lunes con comestibles. Un segundo después escuché un impacto del lado izquierdo, seco, tremendo, que me lanzó al suelo. Valijas, bolsos, paquetes, todo lo que cabía en el portaequipajes, estaba sobre mi persona. Voló todo, los asientos también.
Cuando abrí los ojos, escuché gritos, llantos, pedidos de socorro. Un señor decía “Fue un camión, estaba en el cruce, y se dio contra nosotros, ¡Nos chocó!”.
Como pude, salí del coche, aturdida y dolorida por los golpes, Vi gente conocida que se acercaba a recoger la mercadería del camión con sus bolsos, o lo que fuese, para llevárselo a su casa. ¡Ah! Un espectáculo lamentable para mí. Nunca lo olvidaré.
Corrí hacia los campos mientras llegaba la policía con socorro. Salí por mis propios medios a la ruta, pedí que me acercaran a una policlínica. Allí me atendió un médico, me dijo que no me certificaba, que fuera a trabajar. ¿Cómo? ¿En ómnibus? No había línea y, menos, pista para el descenso de mi avioneta. ¡Ah! ¡Qué inconsciente! Eran tiempos en que los derechos laborales no se respetaban y campeaba el autoritarismo.
Resultado: descuento del día, hematomas en las piernas, un ojo negro y dolorido, renga por quince días… ¡Ta! Pero seguí trabajando al día siguiente Había que cumplir.
Todo lo que sucede en la vida nos deja una enseñanza. Ese día aprendí muchas cosas: que todo puede cambiar en un segundo sin previo aviso, que seguí caminando, aunque mis piernas estuvieran doloridas.
Así es el transcurrir de la vida: golpes y levantarse, pero siempre con alegría.

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