Llovió durante setenta y dos horas. Lluvia mansa, linda, necesaria, refrescante del calor que agobiaba a la ciudad hacía días.
La prensa avisó que el Toto había desaparecido.
Al Toto en la casa no lo quisieron más, no lo soportaron más. El padre le daba “cada paliza”, decían los vecinos, pero no había caso. No lo podía enderezar. En la escuela lo fueron pasando por “extraedad” aunque no aprendiera nada y “¡Afuera!”. No tenían obligación con él.
Ni soñar que él quisiera ir al liceo o a la UTU. No hacía nada. Vagabundeaba toda la noche (porque el padre no lo dejaba entrar) y de día dormía, no se sabía bien, tal vez en el monte.
Intervino el INAU y lo pusieron en el Hogar Sustituto de doña Lili. De allí no podía salir para llevar la vida que a él le gustaba.
-¿Se perdió? ¿A dónde habrá ido? -se comentaba en la Comisión vecinal.
Acostado sobre el techo del salón donde estaba reunida dicha comisión, el Toto pensaba: “No voy a volver a mi casa. Odio a mis padres, estoy cansado de que me peguen. ¡Por cada pavada me pegan! A la escuela la odio. Las maestras son malas, no quieren a nadie. Si tenés una buena familia, una casa linda y vas bien vestido, te acarician. Si no, todo lo que hacés está mal. No quiero ir ni al liceo, ni a la escuela industrial. Odio a mis padres, somos catorce hermanos. Soy el más grande y el que recibe las palizas más grandes. Mis hermanos no tienen la culpa, pero tampoco los soporto. Mi madre los mima cuando son bebés, pero, en cuanto empiezan a caminar, viene otro y “a la calle” y son tan desgraciados como yo. Estoy harto de dormir en el suelo porque no hay más lugar donde poner camas o colchones porque tenemos una sola pieza. Estoy podrido. Odio a todo el mundo. Quisiera matarme, pero no me animo. Si robo, me descubren y vuelta al INAU. Cuando llegue a los dieciocho tengo que dejar de robar; ni loco quiero ir a la cárcel; te hacen de todo o te matan. ¿Pero en qué voy a trabajar? No me gusta ningún trabajo… Venderé droga. El Cabeza me la puede dar. Ahí nomás veredeando la vendo a los compas. Es fácil, gano plata y no me canso. Ni loco vuelvo a lo de la Lili. La “gran señora” que nos maltrata igual que los padres y nadie nos cree. Nos deja sin comer por cualquier pavada. Se queda con la plata de nosotros. El INAU no se entera de nada, la Policía tampoco y a los padres no les interesa nada. Hace tres días que estoy empapado, con frío y muerto de hambre, pero nadie se acuerda de mí. Aquí en el techo no puedo dormir y nadie me ha visto, pero cuando robo algo, me ven enseguida”.
De pronto los gurises del barrio tiraron una pelota y alguien se las devolvió desde el techo.
-¡El Toto está allá, arriba del techo! -gritaron a coro.
Llamaron a la Policía, al INAU y a la Intendencia. Lo hicieron bajar. ¿Qué hacer con él? Alguien se lo llevó a su casa porque ya estaba oscureciendo. Lo hizo bañar, le dio ropa limpia y la cena y lo hizo dormir toda la noche en una cama confortable.
Al otro día el INAU llevó a Toto, otra vez, a lo de doña Lili.
Escritores Floridenses: «El Toto» – Isabel Rodríguez Orlando
