• 30 de septiembre de 2022

ARACELI FAGGIANI: Clara

Jun 12, 2021

Clara; se llamaba Clara. Nada más lejano a ella su nombre. Semejaba un trozo de carbón su piel, su cabello ensortijado era una mezcla compacta como lana de oveja impenetrable. Como dos tizones ardientes sus ojos, que en ocasiones parecían querer salir de sus órbitas. Ni muy gruesa ni muy delgada; ni muy alta ni muy baja. Solía pasar por las calles empedradas tan temprano en las mañanas, y tan tarde por las noches. Era sin duda una sombra oscura sobre el pedregal, caminando lentamente, imbuida en sus recuerdos. Sola, siempre sola. Recordaba vagamente sonidos de su niñez; cánticos, tambores, sonidos ancestrales difíciles de catalogar. Por más esfuerzo que hacía no vislumbraba presencia humana allí, siempre sola. Lentamente transitaba calles; ataviada – invariablemente- con un grueso sacón oscuro, caminando erguida sosteniendo su cabeza en alto, oteando a lo lejos el horizonte, impávida ante cualquier situación. Transcurría en el tiempo siempre igual, ni más vieja, ni más joven. Traía sobre su ser una interminable transitar de jornadas al sol; lavando ropa de desconocidos; limpiando hincada, pisos de grandes casonas ajenas; cocinando en tierras sin fin, para llevar comida a su boca y tener un jergón al dormir con un techo sobre su cabeza. Amamantando –tantas veces- con sus pechos hijos ajenos; sin saber a ciencia cierta dónde estarían los propios, fruto de múltiples vejaciones. Y así, caminando lenta y erguida, apareció un día en el pequeño pueblo perdido, con su bagaje que excedía ampliamente a las bolsas que portaba; en un eterno andar sin fin, en el estío y en el crudo invierno… Con el transcurrir de los años comenzó a intercalar en sus caminatas, largas peroratas, detenida -a veces- bajo la copa del álamo, tan erguido como ella. Cada vez más y más, hasta hacerse permanente. Caminando y hablando. Relataba historias de lejanos pueblos -tan vívidamenteparecía transfigurarse, desdibujarse; tan clara, tan fulgurante, tan etérea. Y la escuchaban los aledaños, los niños, los ancianos, que lentamente se acercaban al oírla discurrir -por momentos en extraña lenguacon su jerga sin término. Con chispas en sus ojos reflejando viejos brillos, en su locura mansa irradiando luz. Allí -en ese pueblo perdido en el tiempo- supo que su largo trajinar había llegado a su fin, cuando un vehículo asistencial detuvo sus pasos, para llevarla a un lejano pabellón psiquiátrico donde permaneció el resto de sus días alegando ser una princesa rusa a quien le habían quitado sus bienes. Y así murió viviendo en su mente esa quimera; siendo lo que siempre hubiera querido ser.

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