El destino, más tarde me los mostraría lo mismo que una rotonda, pero inmensa para luego presentarme uno, solo uno, el único que no debería transitar.
Así de simple como era yo, unos primos, un asado, con vino por supuesto, cuando apenas nueve o diez años me acompañaban.
Todo para mí aquella nochecita, el pan, la parrilla desbordada, la de cinco litros hasta ese día ignorada, el calorcito del fuego, un libro de papel pequeño y el maldito tabaco que, por desgracia, hasta el día de hoy me acompaña.
No estaban acostumbrados mis ojos a semejante ostentación, y lo mismo que un avaro metí en la mochila de mi cuerpo todo lo que se me brindaba. Algo más tarde, al acostarme, supongo que mi cuerpo aún pequeño fue más sabio que mi avaricia, y arrojó por los suelos todo lo que estaba de más, y aquella maldita tos que apenas sí me dejaba respirar.
Desde entonces fumé solo por ser hombre, pero nunca más mis pulmones aspiraron su humo, ni mi estómago dejó entrar más de uno o dos vasos de aquel maravilloso licor que tanta alegría me brindó en momentos de conocerlo. En adelante quedarían los noventa y nueve restantes; este primero decidí no transitarlo, claro que me las ha hecho pagar el maldito alcohol; en la vida he podido culparlo de alguna mala decisión, las hubo, y a mi pesar fueron solo fallas mías.
Lo mismo no me arrepiento, pasados un montón de años, un prepotente con plata, borracho muy a menudo, pretendió prepotear lo que más me enorgullece, un familiar, y eso no lo perdono y no lo perdonaré mientras viva, jamás dije tanta verdad a un ser humano, y debió soportarlo mirando el suelo.
A nadie importan los caminos ajenos, puede ser que a algunos el final para detenerse en él y, por si tropieza, arrebatarle una parte del contenido de sus mochilas.
Está también el irónico, el mal intencionado que suele alimentarse de frutos ajenos; los hay, y a medida que un camino transitamos se multiplican como por arte de magia.
Mucho me dolió la decepción, cuando niño supe ver en el femenino algo distinto, algo como mi madre y las creí a todas iguales. Me equivoqué, dolieron mucho las decepciones, de un modo que las tendré en la memoria hasta que el superior me lleve.
Lo mismo aconteció con uno de mis mejores amigos, uno que en la juventud fue partícipe de mis fracasos y mis triunfos, en él supe confiar como si fuera mi hermano. Con aires de superioridad, puesto que en lo económico anduvo mejor que yo, creyó tener el derecho de preguntarme algo que consideré desconocimiento de un amigo:
-¿Y aquel camino lo transitaste?
-¿Cuál? -pregunté yo algo perplejo.
-Aquel -dijo-, el de el que tiene poco y aliviana los bolsillos del que más tiene.
Creí no conocerlo, creí no conocerme cuando con firmeza le contesté…
-Claro que sí, lo transité, lo transito y lo transitaré.
Creo que se lo creyó el ex amigo, porque desde la pregunta dejó de ser amigo, ni conocido, ¡ni la p… que lo p….!
-A las personas como vos, son las que robo, a los estúpidos como vos que creen que fortuna es tener los bolsillos colmados de billetes, e ignoran por ejemplo el tesoro de la amistad. No te vayas, no -le ordené al verlo dispuesto a marcharse-, robar lo que robo no te va a afectar, no tenés inteligencia para advertirlo. Yo podré entrar a tus campos, y si pudiera te pondría más ovejas, más vacas y más hectáreas, pero de poco valen, lo que sí vas a notar que tal vez el mburucuyá tenga los colores más tristes en sus flores, notarás que la corriente del agua entre las piedras ha mermado.
Y agregué:
-Perdón, olvidé decirte que cuando vayas a contar el ganado de tus campos no mires hacia arriba, tu cielo estará pálido, llené todas mis mochilas con su celeste, pero no te preocupes, el día que parta dejaré una carta al comisario y al juez de paz para que te devuelvan lo que aún no he gastado.
Escritores Floridenses: «Cien caminos» – Antonio Lissio
