La noche profunda, oscura, fría, apenas lluviosa, veía la figura recia, adusta del jinete que a paso tranquilo parecía no importarle la humedad que castigaba a su poncho y a su sombrero. A lo lejos algún relámpago que con rápido fulgor iluminaba el familiar paisaje de los montes, las lomas y el camino. Él regresaba del boliche donde entre mate y pucho, grapa y truco, se tejieron mil historias de aparecidos, luces malas y finaditas lloronas, entre otras.
Y fue en la senda de pasto y tierra que, al llegar a un bajo por el que corre un hilo de agua que justo esa noche estaba algo más torrentoso, jinete y caballo, caballo y jinete, se detuvieron en seco, sintiendo este último, un frío intenso que lo recorrió desde la nuca hasta el coxis, erizándole la piel, siendo sorprendidos por aquella fantasmal y blanca figura que del alambrado pendía, con movimientos irregulares, por momentos suaves, por momentos más enérgicos y ondulantes, sin que pudiese reconocerse a qué o a quién correspondía aquella deformada silueta.
No se sentía más sonido que el del viento y la lluvia tocando el pasto, a la tierra, a las hojas y sí se sentía el olor a día de lluvia.
Jinete y caballo dieron un giro en seco y desanduvieron el camino ya recorrido rato antes y tomaron otro más largo, bordeado de talas y más tortuoso.
Al llegar a destino, al rancho de sus parientes, estos le preguntaron el motivo de su tardanza y él respondió que, suponía que el cauce de agua del bajo estaría crecido y que por eso había preferido regresar por el camino del talar.
Al siguiente día, despertó, se empilchó y preparó el mate al que acompañó con un buen pedazo de carne asada. Hecho esto, ensilló a su matungo, dispuesto a volver al camino del bajo, a ver si la blanca y fantasmal figura había dejado algún rastro, alguna evidencia de su paso por aquel lugar. Y llegados al sitio, jinete y caballo, vieron, todavía ondeando, a un gran trapo blanco que, con ironía, aún parecía burlarse del supersticioso temor de aquel hombre de campo.
Escritores Floridenses: «De fantasmas y otras yerbas» – Silvia Luzardo
