Me llamo Deolinda Correa, pero todos me conocen como “La Difunta Correa”.
Nací en la provincia de San Juan, allá por 1820. Me casé con Clemente Bustos y teníamos un niño recién nacido.
Apenas teníamos para el sustento diario, pero suficiente para vivir en paz.
Sin embargo, nuestros planes se derrumbaron cuando mi esposo fue obligado a incorporarse a la montonera que recorría la región buscando gente para sus filas para no sé qué guerra. Eran tiempos de permanentes peleas entre hermanos, las guerras civiles eran muy frecuentes y mi familia no pudo zafar a eso.
De nada valieron mis ruegos para que Clemente fuera liberado de ir a pelear por una causa que nos era ajena. Él debía enrolarse forzosamente y marchar hacia la guerra, hacia un futuro incierto, hacia la nada…
Cuando se lo llevaron, quedé sola, angustiada por la falta de mi esposo, pero, además, me sentía acosada por el comisario del pueblo, ¡un desgraciado! Yo no podía aguantar esa situación por mucho tiempo, así que decidí irme tras mi Clemente, hasta adonde él estuviera.
Una mañana temprano cargué a mi pequeño y me adentré por los desiertos de la provincia. Llevaba pan, charqui y dos chifles de agua. Eran pocas provisiones para tan fuerte desafío, pero era lo único con que yo contaba. Creía que eso sería suficiente hasta encontrarme con mi esposo, pero… ¡no ocurrió así!
Algunos días después se me terminó el agua, solo atiné a estrechar al niño contra mi pecho para que continuara amamantando y cobijarnos a la sombra de un algarrobo a la espera de que alguien viniera por nosotros. Que él siguiera prendido a mi pecho me daba ánimos para no rendirme… ¡pero no fue suficiente!
Allí me morí deshidratada a los pocos días sin dejar de seguir dándole a mi hijo la poca leche que aún tenía. ¡Él seguía con vida!
Dicen que, al día siguiente de mi muerte, nos encontraron unos arrieros que pasaban por el lugar. Por mí nada pudieron hacer y me enterraron en Vallecito; sin embargo, viendo que mi hijito seguía con vida, se lo llevaron con ellos. ¡Qué alegría saber que, aun muerta, había podido seguir alimentando a mi niño!
Por alguna razón ajena a mi voluntad, en poco tiempo esta corta y triste historia se convirtió en motivo de culto en toda la Argentina. ¡Hasta me atribuyen milagros! Dicen que el hecho de haber podido alimentar a mi hijo estando ya muerta y lograr que él sobreviviera, fue mi primer milagro. ¡No lo puedo creer!
Desde entonces, mucha gente peregrina hasta mi tumba. Ahí se construyó un santuario en donde hay una escultura que me representa, ya muerta, en el piso de cara al cielo y con mi hijo prendido al pecho. Los creyentes llevan botellas con agua para que —dicen— “nunca le falte agua a la Difunta”.
También se comenta que los camioneros son los principales difusores de la devoción a mi persona, a la “Difunta Correa”, como me llaman. Ellos han levantado altares en muchos lugares de Argentina, en los que dejan botellas de agua con la creencia de que podrán calmar mi sed.
Siempre fui una mujer humilde y sencilla, de ahí que no pueda creer que sea considerada “santa”. Es más, hace unos años, algunas personas entregaron al Papa Francisco una carta solicitando que me beatifiquen. Afirman que hago milagros y que intercedo por los vivos ¡De no creer!
Jamás imaginé que mis actos generarían tanta devoción. Solo fui una humilde mujer rural que todo lo que hice fue por amor a mi hijo, a mi esposo, a mi familia…
Escritores Floridenses: «Soy la Difunta Correa» – José Luis Llugain
